Ahí está el banco. ¿Qué diablos de mecanismos confabulan para que haya alterado el uso que yo hacía de mi banco? ¿Por qué ahora me apetece sentarme ahí, quedamente, aun a pesar del sol -nunca tengo calor- a leer un libro? Sí, precisamente ahí…ahí donde antes te fumabas un petardo con los colegas o le comías la boca a tu novia.

Pero no. Este ya no es mi banco. No sé que autoridad mandó arreglarlo, no sé en virtud de qué compromiso alguien se ha arrogado el derecho a sustituir el tablero y el respaldo, a quitarle los típicos corazones labrados a fuerza de meter bien la navaja en la madera, la marca de la grasa de la moto del Trola, el spray rojo con SFC 1905 de Cótor…¿quién dijo que había que ponerle esos cuatro hierbajos por lo alto del pasillo del parquecito? ¿quién me indemnizará por este ultraje?
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Una pregunta inocente: ¿la foto corresponde al banco antes o después de la “remodelación”?
El paisaje urbano cambia a una velocidad de vértigo, y a menudo no precisamente para bien. Si te sirve de consuelo, en Barcelona posiblemente lo habrían cambiado por uno de “ultradiseño megacaro” en el que sería imposible sentarse salvo que uno sea muy aficionado al sadomaso.
Un abrazo
Yo por eso nunca me encapriché con ningún banco
Hola Martina! Verás: es que arreglaron todo, el banco, los jardines y el sueño de la calzada del parquecito… Objetivamente, todo ha mejorado, pero con el “cambio del paisaje”, borraron todas nuestras huellas y los momentos vividos quedan tan sólo ya en el recuerdo. Con las obras, todo se estandariza y no hay lugar a subjetividades, más allá del que las diseña, pero ese casi nunca se acuerda de la gente implicada en todo lo que se dispone a transformar.
Moeh, tú que hacías nomadismo “banquil”, no?
, vamos una materialización del “aquí te cojo…”
Heca un par de años derribaron el aulario donde acudía a clases en parvulitos. No supe como expresar mi indignación, tan impotente y tan callado fue mi grito como, probablemente lo fué el grito sordo y esteril de todos cuantos dejamos en los escombros una parte de nuestras vidas, nuestra primera escuela, la cual ya no existe.
Tempus fugit, Peter!