El pasado mes de julio asistimos a esa desgraciadamente interrumpida reunión del G-8 en Escocia, organizada por Blair, para concretar un paquete de ayudas al desarrollo al continente africano.

Es lógico preguntarse: ¿Otro más? Pues sí, otro más y bienvenido sea. Pero esta loa debe acompañarse de un proceso claro de fiscalización y control de los efectos y resultados de la cooperación.

Pensemos que la Comisión para ?frica (CpA) se organiza con muy poco margen de tiempo para valorar la inicidencia de otro gran programa internacional de ayuda a ?frica, el que coordina el Nóbel Jeffrey Sachs para las Naciones Unidas y que recibe el pomposo nombre de Programa del Milenio (PM).

¿Cómo es esto posible? ¿Por qué no se aglutinan esfuerzo y trabajo en una sola dirección y en una única iniciativa? ¿En qué quedaron proyectos similares anteriores?

En realidad, esta pregunta también se la hacen los países receptores, máxime cuando se dan una serie de paradojas en la ayuda al desarrollo destinada a ?frica.

Cabría también preguntarse por qué el PM de la ONU no se centra también en otras zonas empobrecidas, como por ejemplo América Latina o amplias regiones asiáticas. En realidad, las dificultades africanas son mucho mayores y más estructurales que las de otras zonas del planeta. Aunque, evidentemente, hay en juego otros factores que tienen que ver con intereses y márgenes de influencia de las potencias desarrolladas en Africa.

El otro día el diputado socialista por Granada Rafael Estrella, que tiene su blog federado en Las Ideas, hacía mención al incremento del montante para cooperación que ha acordado el gobierno de España. Me gusta esta iniciativa, pero al igual que ocurre con otros programas de ayuda uni o multilaterales, debemos exigirles unos cuantos cumplimientos sobre todo para que veamos resultados y no sólo vivamos de ilusiones y grandes proyectos que luego se quedan en una nebulosa.

Sería imporante que las ayudas al desarrollo se escalonaran y, en consecuencia, fueran más constantes en los tiempos y en los objetivos.

En el caso de ?frica, por ejemplo, se dan varias paradojas:

1) Lo contemplado por la Comisión para ?frica promovida por Blair (aunque inspirada por su ministro Brown) el pasado julio y por el Programa del Milenio adolecen, por ejemplo, de esta requerida temporalidad y constancia.

2) Aunque sanidad y educación son los ejes básicos sobre los que pivota la ayuda del llamado Primer Mundo, creo que es vital una apuesta más decisiva por el empleo, con especial incidencia en los microcréditos, así como apoyos decisivos a pequeños y medianos agricultores del continente, amén por supuesto, de la eliminación de la subsidiaridad y aranceles en Europa y EEUU.

3) Una programación inadecuada de las ayudas puede generar una sobreabundancia y una perdida de control y fiscalización sobre la materialización de las ayudas.

4) En este sentido, habría que ser especialmente vigilantes con los gobiernos receptores. Es más: habría que canalizar las ayudas a organizaciones ciudadanas y no tanto a los gobiernos, a los que, especialmente en el caso africano, es ineludible exigirles pasos claros y contundentes hacia la democratización.

Este último punto es interesante. Porque no está del todo claro que democacia sea sinónimo de desarrollo. De hecho, el país que más está creciendo (en un contexto mundial) es China, pero en el caso africano, los casos de Etiopía o Uganda, son, en cambio, esperanzadores.

5) Por último, la ayuda al desarrollo debe servir también para que en ?frica se forme una verdadera “sociedad civil” que afronte problemas como la extensión del terrorismo yihadista en muchos países del continente.

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