Sería de una irresponsabilidad paradigmática asociar el atentado contra mezquitas chiíes en Irak a la moción presentada por el senador demócrata John Murhta pidiendo que se concrete una fecha para la retirada de las tropas americanas del país árabe, argumentando que se trata de una maniobra diseñada ex profeso para visualizar el poder de la alianza insurgencia suní/terrorismo yihadista en el territorio irakí.

Por eso no faltarán irresponsables que justificarán la permanencia de los marines bajo la excusa de que una marcha deja el cielo abierto -valga también la metáfora- a los yihadistas y la veda expedita para una guerra civil.

El argumento trata pues, en un juego de contrarios, sostenidos en los efectos causales acción-reacción (atentados a los que siguen ataques contra los insurgentes-terroristas), de determinar qué ocurriría en ausencia de uno de los jugadores: el ejército aliado, dibujando el peor de los escenarios posibles.

Lo que ocurre es que esa apuesta por el peor de los escenarios posibles contrasta, en esencia, con las bienaventuranzas que justificaron la guerra.

Y ahí está la gran fuga del juego: ¿por qué seguir en Irak si los objetivos se han alcanzado?

Si la justificación es que “hay que estar” para combatir el terrorismo, entonces la reconstrucción del Estado realizada en Irak (de un Irak dominado a un Irak libre, de un Irak dictatorial a un Irak democrático, de un Irak policiaco a un Irak institucional, de un Irak de una sola voz a un Irak con la voz del pueblo, con una Constitución y con un gobierno elegido en las urnas y una convocatoria de elecciones legislativas) es una falacia en toda regla.

Pues, si ese escenario no ha terminado con la violencia, lo mínimo que debería plantearse la Casa Blanca, gran parte del Congreso y el Senado, es que levantar el campamento y no apuntillarlo, es un paso que no acepta más demora.

Al fin y al cabo saben que el terrorismo no se acabará, pero esto ya lo sabían antes de entrar en Bagdad. Aquí es donde reside la infamia.

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