¿Conviene a USA la pacificación de Irak? Puede pensarse que sí, pero hay un efecto colateral: el camino de vuelta de los terroristas. En realidad, ya es demasiado ingenuo pensar que es posible limpiar el país de una vez y para siempre de restos yihadistas y es doblemente temerario imaginar un escenario internacional sin terrorismo yihadista.

Pero, por qué no, pensemos en un escenario irakí más normalizado. Sí, ya sé que es mucho pensar, pero leches, pongamos un gramo de confianza e imaginemos un Irak democrático, con un ejército irakí autónomo, un estado federal, una constitución y un parlamento. En realidad, no nos hallamos muy lejos de ese escenario, al menos sobre el papel.

Con este antecedente, y con una presunta lucha contra el terrorismo que surta efectos en Bagdad, resulta comprensible imaginar en un camino de vuelta de los yihadistas y que centren su punto de mira más al sur: en Riad. En definitiva, que decidan hacer de los lugares santos su auténtica fortaleza desde la que proyectar el gran imperio panislámico que se extendería desde el Magreb hasta el sudeste asiático.

La cuestión no es nueva y si bien los terroristas –quizá porque a la larga y en esencia coincidan en intereses con los oligarcas de la dinastía y con los grandes intereses y corporaciones petroleras– no han atacado la gran línea de flotación de los Saud, no es menos cierto que ha habido episodios más o menos sospechosos y no muy claros que dejan entrever la posibilidad de que Al Qaeda esté infiltrada en las fuerzas de seguridad saudíes.

El celo con el que se han producido asaltos a edificios institucionales y a empresas energéticas con sede en Riad son indicadores de que una red de Al Qaeda en Arabia Saudí puede incrementar el volumen y la intensidad de sus operaciones violando así ese pacto de no agresión que mantiene con las élites wahabistas.

Y precisamente, una derrota en Irak –si esto es posible, que yo no lo creo- o cuando menos una laxitud de acción en Bagdad puede, paradójicamente incrementar la dureza de los atentados en Arabia Saudí. Basta con hacer el camino de vuelta: Bagdad-Damasco-Riad.

En este sentido, el reciente atentado en Jordania no es tanto un aviso contra la amistad con los EEUU (al fin y al cabo Ammán no colaboró con EEUU en la guerra de Irak) como una advertencia contra la “occidentalización? hachemita y un mensaje a la oligarquía de que “el islam moderado no vale?. Este mensaje es fácilmente exportable al enemigo histórico de los hachemitas: los wahabíes.

Además, Arabia Saudí tiene un gran atractivo para los terroristas por ser la gran plaza petrolera de Oriente Medio, sólo seguida por Irak, donde se capitaliza, por ahora, la lucha contra los cruzados americanos y los sionistas.

Y no debemos olvidar también que el creciente descontento popular con la saga de príncipes y oligarcas saudíes puede ser un fermento perfecto para que el yihadismo aumente en el país de las dos ciudades sagradas.

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