La visita de Hu Jintao a España me ha hecho recordar un dato: el de las estimaciones de G. Sachs acerca de que China se colocará como primera potencia mundial en el año 2039. De modo que a EEUU le quedan 34 años de hegemonía. Presuntamente, claro.

Verdaderamente, y en un mundo globalizado y cada vez más tecnologizado, pero, en simultaneo, tan profundamente desigual y no del todo libre (ummm, mundo libre, qué romántico), no sabría valorar si tres décadas son mucho o poco tiempo, porque sabemos que un tiempo igual no ha significado lo mismo en todas las épocas.

Bien. Esperaremos, pues, a ver qué pasa dentro de unos treinta años (parece ser que para esa fecha aún pervivirá el género humano, aunque no me acuerdo muy bien qué año databa Matrix para dibujar un mundo ya dominado por las máquinas y con sólo un reducto en el subsuelo de humanoides, aunque chispa más o menos por esos años anda la cosa) para comprobar si la hipótesis de Sach se materializa en teoría demostrable.

Pero, ¿para qué esperar? Siempre es posible aventurar tendencias y así dibujar un futuro posible. Y el de China puede que no pase, contrariamente a lo aceptado, por configurarse como gran potencia económica del mundo mundial.

Pensemos, por ejemplo, en su máxima de soft power. En principio, esta puede ser una herramienta tan útil de dominio como las políticas intervencionistas, pan-expansionistas y deliberadamente bélicas de los EEUU para controlar el mundo. Aunque sabemos por donde la he salido el tiro de Irak…

Por contra, nos encontramois con una China que gana cada vez más influencia en toda la región asiática, desplazando a su tradicional enemigo Japón, y también en Europa y, por supuesto, ¡en ?frica!. Lo hace gracias a su poderío económico, con un crecimiento medio del 8% y una balanza comercial ingente que se traduce en amplias exportaciones para el primer mundo y no menos ingentes importaciones del tercer mundo. Pensemos, en este sentido, en las políticas comerciales, controvertidas con los EEUU, o en las, por contra, menos conocidas de China con Sudán o Myanmar.

El crecimiento chino es, pues, una realidad, pero lo que no tengo tan claro, insisto, es su construcción como gran potencia unilateral. Más bien, podemos apostar por una filosofía distinta, por una China que apueste por la construcción de grandes bolsas regionales en el mundo y cada una con una parcela y cuota de poder determinada sobre la que no destaque ninguna potencia en concreto. ¿Será este el escenario de la geoestrategia internacional dentro de tres décadas? Puede ser, pero no estoy tan seguro.

El caso es que en una horquilla de 25 a 40 años, la actual primera potencia del mundo es muy probable que lo siga siendo. La misma estrategia de paso lento y suave de China no discute el poderío estadounidense, aunque en el entorno neocon se hayan encendido las alarmas. De hecho, en 2039, EEUU seguirá siendo el país con el PIB más alto del mundo, la nación que más millones de dólares invertirá en defensa y el gobierno que más gastará en importación de petróloeo. Es decir, que EEUU seguirá siendo la gran potencia económica y militar del mundo.

Y sí. Lo seguirá siendo, pero puede que su unilateralidad esté más entredicho, independientemente de que los neocons sean desplazados -no sé si de una vez y para todas, pero me temo que no- de la Casa Blanca y se impongan políticas más realistas e igualmente conservadoras, o más liberales y menos intervencionistas, también en política exterior.

La ganancia progresiva de poder por parte de Pekín es lo que asusta enormemente a los actuales inquilinos del gobierno de EEUU. Y, claro, en lo que muchos analistas ven un “ascenso pacífico” de China (creciente poder regional, excelente crecimiento económico, fortalecimiento militar progresivo y con diáfanos signos de contención…), otros observan una verdadera “amenaza”, al criticar la propia configuración política dictatorial de China, una injustificada potenciación militar (nadie amenaza a China), un expansionismo internacional no disimulable y un mercado agresivo basado en exportaciones baratas y cada vez con más amplio radio de acción.

Por ahora, la realidad indica que China se está convirtiendo en una gran potencia. La gran duda del futuro recae en qué signo dará a su creciente poder internacional. Puede que todo dependa también de un cambio -no sé si inevitable- en su configuración política.

Seguiremos atentos, Sachs.

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