Reconocemos el esfuerzo que nos cuesta decir no en nuestra vida cotidiana. Por eso, nos asombramos por lo fácil que resulta una respuesta negativa en la vida parlamentaria.

Definitivamente, el no sale más barato en ocasiones: es más asequible y no compromete; es acomodaticio a la vez que rentable; otorga seguridad y ahorra complicaciones. Y, por supuesto: es un gran eje sobre el que pivotar un discurso. Brillante, limpio y que da esplendor, como la RAE.

Pero el problema sigue estando en la esencia. Pero este camino connota dificultad. Y, el no, visto lo visto, no entiende, en política, de complejidades.

Claro que entonces nos queda una duda: si los políticos conocen cuán difícil es la vida. Por encima del discurso, claro.

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