La pregunta: ¿hasta qué punto la gestión del gobierno sirve de coartada al PP para hacer oposición?

Bueno, lo teóricamente lógico es que se haga oposición a una labor de gobierno. Que existe. Que está ahí. Y que tiene su traducción sobre la sociedad gobernada. Y que, por tanto, es susceptible de crítica.

Lo complejo resulta cuando la oposición al gobierno se convierte en sistema. Cuando, aun antes de legislarse, surge la crítica. Cuando se anticipa la denuncia al hecho denunciable.

Cuando la ficción supera a la realidad.

Pero también pueden observarse casos de gestión gubernamental en los que parace que se legisla y se sanciona con mecanismos no exentos de cierta intencionalidad. Con cierto tufillo a castigo contra quienes en su día fueron gobierno.

Si el interés general, mejor dicho, lo que convencionalizamos como tal, aunque no lo tengamos del todo claro, no prima en las decisiones de unos -gobierno- y otros -oposición-, la división está servida. Y cicatriza en la sociedad.

Se percibe una excesiva crispación.

Originada por unos y otros.

Y, con ello, desconfianza en los gobernantes por parte de los gobernados.
Y, con ello, desconfianza en los opositores por parte de quienes les votaron. Y de quienes no le dieron su confianza en la cita electoral.

La herida social se ahonda cuando el “material” digno de ser legislado y/o criticado se confecciona para agradar a las mitades correspondientes.

De ahí a los bandos, media un trecho. Más bien pequeño.

de modo que no nos alejamos mucho de la Restauración. Y se debilita la legitimidad de quienes alardean de haber sido elegidos para representar, olvidando que tal facultad debe ejercerse sobre todos los representados.

Por encima de particularismos.
Y de estrategias partidistas.
Y de organizaciones y colectivos afines.

Lo paradigmático de esta desgracia/herida social es que hasta las víctimas del terrorismo son permanentemente encasilladas en bandos.

Real como la vida misma. Sin desmentidos.

Y, de camino, los teólogos progres. Los que no acudieron a la manifestación “en defensa” de la familia y no acompañaron a Rouco.

Iglesia de un bando; Iglesia de otro.

Y así, un largo etcétera.

Y a ver quién reúne más adeptos a sus causas.

Lástima que la pregunta sin respuesta no sea la del principio, sino la de este final: ¿Es esto evitable en las democracias representativas?

Lo dicho: España vs. España. (Programadas jornadas interminables para debatir qué es España. No se aceptan conclusiones. Serán rechazads por decreto).

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