Miren: Estamos hartos, más que hartos de las estupideces estatutarias, de los afanes e imperios nacionalistas -periféricos o centralistas-, de la estulticia territorial y de la cosmogónica construcción centípreta autonómica vs. centrífuga-federalista.

Y ya no nos queda Europa. Que no.

Que el euro ha demostrado que una construcción política de Europa es una quimera. Porque nadie quiere ceder soberanía.
Igual pasa en España.

Todo el mundo se siente perjudicado. Y agraviado. Algunos por cuestiones territoriales-soberanas-culturales; otros, por el PHN; otros, por papeles y legajos guerracivilistas; otros por… Todos, por el euro. Detrás de tanta panolia de reforma de los estatutos, está el parné.

Es la consecuencia más destacable de la globalización: el nacionalismo ya no reivindica un territorio, ni enarbola unas presuntas fuentes culturales e históricas, ni pide soberanía. Únicamente ansía gestión. Gestión de las finanzas.

Este es el núcleo duro de las reivindicaciones -como la PAC o el Cheque Británico en Bruselas–. Lo demás, es hojarasca.

De modo que: todo partido nacionalista es capitalista. Por esencia. Por tanto, no se puede ser ni catalanista, ni de izquierdas, como predica ERC. Es imposible. Resulta un galimatías.

Y, en paralelo, una cortina de humo sobre la segunda descentralización. Mensajes a una de Rita Barberá, Rosa Aguilar y Paco Vázquez. Los ayuntamientos, que también piden más. Más dinero, claro.

Y hágase así una espiral de reivindicaciones que sirva de excusa a quienes hablan de balcanización.

Cuidado.

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