-Sabemos -conocemos- que el señor Alcaraz es el representante de las víctimas (no de todas), pero tenemos la sensación de que representa a todas las víctimas. Y de que es el único interlocutor válido.

-Sabemos -intuimos- que es lógico -y legítimo- que el señor Alcaraz interpele al presidente del Gobierno español sobre un proceso de negociación -fin policial o fin dialogado o ambas cosas-, pero tenemos la sensación de que lo hace ofreciendo, apriorísticamente y con independencia de la información que se le facilite, con un no por delante. No a cualquier medida de Ejecutivo. No por sistema. Por fundamento.

-Sabemos -querríamos saber- que el señor Alcaraz es independiente, pero tenemos la sensación de que su actitud -y, con ellas sus accciones- tiene una clara intencionalidad política. En el nacimiento y en el destino.

-No sabemos -ni vislumbramos- qué opinan las víctimas del señor Alcaraz, ni se sienten a gusto con quien dice representarlas. Tampoco sabemos -conocemos- qué piensan realmente del señor Peces-Barba, cuya dimisión ha vindicado el señor Alcaraz.

-Tampoco sabemos -querríamos saberlo- qué opinan del presidente del Gobierno. De su política antiterrorista.

En cualquier caso, las sensaciones no van encaminadas hacia la unanimidad de criterio. No tiene por qué hacerlo.

Me pregunto si todo no obedece a los criterios poco democráticos que sustentan la llamada política gestual.

Si todo se queda en gestos, nuestro dolor sería inmenso.

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