Un NO que fortalece la idea pacífica de Europa
jesus clavijo urbano – 16-06-2005 10:28:16 | Categoria: Actualidad
No tiene sentido negar que me produjo especial satisfacción la postura contraria expresada por los riñones de Europa –Francia y Alemania– al Tratado por el que se establecía una Constitución para el continente. Ya con ocasión de la convocatoria del referéndum español, expresé mi más sentido negativo a un proyecto que considero perjudicial para la concepción de Europa como garante de la Paz en el mundo. Porque, para mí, Europa representa un intento convencionalizado de convivencia pacífica y en democracia como ejemplo de superación de las dos nefastas conflagraciones mundiales que nacieron en su seno. A las puertas del siglo XXI, Europa debe abanderar y procurar una exportación de modelo pacífico superador de conflictos desde la multilateralidad y el respeto más escrupuloso a los árbitros internacionales, como es el caso de la Organización para las Naciones Unidas. Y este tratado –elaborado farragosamente, sin contar con la opinión de los ciudadanos y resultado de un presidium de notables encerrados en salas con tazas de té y pasta– no representa una apuesta por la paz. Sí consagra la democracia, pero sólo como fin y, desde luego, fortalece un sistema capitalista que no tiene nada de compasivo. Todo lo contrario. Además, pretende externalizar un revestimiento político a lo que es , desde su nacimiento en Roma hasta nuestros días, una simple unión con intereses financieros de países con muy distintas intenciones, aunque compartan rasgos culturales e históricos. Con lo que, desde luego, antepone los intereses económicos de la Unión a los políticos. Sólo desde este fundamento, se entiende la laxitud mostrada por la Comisión Europea a propósito de la iniciativa de parlamentarios de derecha, de centro e incluso de la izquierda europea de acabar con el embargo de venta de armas a una potencia, China, que de democrática tiene lo que EEUU de comunista: menos que nada.
De manera que el tratado por el que se otorgará , nada más y nada menos, que una Constitución a esta Europa ampliada de 25 –será de 27 en dos años, cuando ingresen Rumanía y Bulgaria– se encuentra en una fase de impasse de la que, repito, me alegro. Aunque, los noes consecutivos de Francia y Alemania hayan puesto de relieve la contradicción de una norma fundamental que ni siquiera recoge en su prolijo articulado –más de 400 epígrafes– qué hacer con tamaño volumen teórico en el caso de que menos de cinco países de la UE rechacen tan significativo tratado. Sabemos que si hay más de cinco en contra, la Constitución irá, inexorablemente, a la papelera de Giscard. Y lo hará de la mano de su Francia querida, pero no conocemos cómo se manejan dos o tres votos en contra.
Los rechazos constitucionales de Francia y Holanda han sido vistos por editoriales de la derecha, por muchos economistas y teóricos neoliberales y por muchos políticos de los partidos Popular Europeo y Socialista Europeo, como una paga en forma de los platos rotos de la nefasta política interior -Francia–, o como una muestra del miedo que existe en el club de los ricos europeos a la ya real ampliación del sistema hacia el Este, que podría culminar en el futuro con la hipotética entrada –o adhesión ventajosa– de Turquía o, por qué no, del mismísimo Israel. Porque, como ha dicho recientemente, el ex- presidente de España, José María Aznar, en una conferencia en Israel: Europa siempre ha sido y será pro-palestina. “No esperen nada de Europa y mucho de EEUU?, apuntó, como si el Sionismo fuera tonto, o algo por del estilo y sabe de más con quién juntarse.
Tras la negativa de Francia y Holanda –el país que más renta a Europa en términos absolutos– y las reservas seculares de Gran Bretaña, la Constitución puede darse por muerta. No es una exageración. Realmente, los representantes públicos europeos no saben qué camino tomar y las negativas francesas y holandesas han puesto de relieve que Europa, políticamente, es un mero señuelo y que lo que interesa es el euro. A propósito de la construcción política de Europa, sí me gustaría apuntar que el NO que está ganando terreno no beneficia tampoco a los intereses de los EEUU, como algunos agoreros se están encargando de proclamar. Si bien es cierto que a EEUU le interesa una Europa débil políticamente, la Europa que se consagraba en la Constitución sí convenía a los planteamientos de la actual administración norteamericana. De hecho, la luz verde que el tratado otorgaba a la intervención –en el marco o no, quién sabe, de la OTAN, en el exterior–, o la creación de una Agencia del Armamento europea, así como los poderes superiores que la Carta otorgaba al superministro de Exteriores europeo, son instrumentos claramente belicistas que convienen a la cosmogonía neocon de alimentar, como sea y por los medios que sea, la tensión en el mundo, como modo de hacer de los EEUU un país necesario para la paz. Para su paz y para su democracia, claro. Es decir, un modus operandi consistente en conquistar países para dejar el terreno expedito al colonialismo de las multinacionales petroleras y energéticas en general. Así las cosas, el Consejo Europeo de mediados de junio se sincerará, dirá que la Constitución se encuentra en estado de coma y que lo que importan son los presupuestos, que lo demás ya se verá. Desde luego, esta coyuntura de incertidumbre europea está conviniendo a los planteamientos nacionalistas italianos -propuesta lombardina de vuelta a la lira– y al escepticismo de ese gobierno –¿de derechas, de izquierdas, tercera vía, qué…?– de Blair y su negativa a prescindir, ni siquiera progresivamente, del cheque británico. Mientras , los gobiernos franceses y alemán se plantean también reducir su contibución porcentual a la UE, pese a la ampliación. Son el núcleo duro de una Europa que sigue teniendo futuro como bandera de paz, pero no, desde luego, como conejo de indias de experimentos financieros y de defensa. El NO, así las cosas, es una llamada de atención por parte de los ciudadanos a la Europa de sus dirigentes bien remunerados y de cuantiosas dietas. Es un sí a Europa, pero no a una Europa “a la americana? que, en política exterior, se arrogue el derecho de decidir, y en economía, haga explotar el ya debilitado Estado del Bienestar.

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