Postrado frente al lavabo, comprobé entonces que el tapón hacía dejación de funciones. Y que, en consecuencia, no evitaba que parte del agua contenida se escurriera. Me apresuré a aumentar la presión del grifo, como forma de contrarrestar el agua huidiza que se deslizaba, canal abajo, por el agujero del lavabo, sin acertar a medir, eso sí, si la cantidad de agua que se burlaba del tapón aumentaba, disminuía o era exactamente la misma con independencia del volumen almacenado en el lavabo.

Después me puse a leer a Italo Calvino.

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