Lo que más me preocupa de los lobbies y otras organizaciones y uniones temporales es su fuerza para negar la realidad. Sí, esta ha sido la sucia estrategia empleada por algunas multinacionales energéticas y petroleras para bombardear la reciente cumbre de Montreal.

Esto me suena, no obstante, a antiguo. Una de las funciones del grupo, entre la que se encontraba más de una empresa española, era tratar de comprar voluntades. En realidad, este objetivo es el perseguido por los lobbies. Todo ello con la firme voluntad de hacer volar por los aires la pretendida unidad europea en torno a la defensa y perpetuación del protocolo de Kyoto, al que, se sabe, no han mostrado su adhesión países como China, Rusia y los EEUU, es decir, la vanguardia del respeto a los derechos humanos y el paradigma de la sensibilidad ambiental.

El lobby se ha encargado de untar a periodistas y otros líderes de opinión (¿algún que otro blogger quizá?) para que distorsionaran la imagen del encuentro canadiense y para, de paso, y esto es lo fundamental, lanzar una batería de dudas sobre la conveniencia de un acuerdo internacional que urge se mire por donde se mire, aunque luego tengamos que polemizar sobre las alternativas.

Su representación de la realidad es bien sencilla: no existe cambio climático y, por tanto, no hace falta confrontar un problema que sólo está en las asustadizas mentes de unos ciudadanos en los que ha penetrado el mensaje gaiasta de unos fantasiosos conservacionistas.

Además hay otra razón que el lobby se ha encargado de difundir: el de los perjudiciales costes que acarrearía para las economías del primer mundo la aceptación del Protocolo de Kyoto.

Ummm, esto también me suena: Lo que económicamente no es sensato, no debe aceptarse. Un gran principio liberal, negado incluso, en la cumbre de Montreal, por el príncipe de la democracia liberal.

Claro que hay otros autoproclamados liberales que cuestionan lo evidente. ¿Quién les paga?

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