Mientras Irán sigue quitando precintos a sus centrales y rechaza la oferta rusa de enriquecimiento de uranio para la producción energética, en el marco de la autonomía que le concede –argumentan los dirigentes de Teherán- el Tratado de No Proliferación, Moscú, tras el episodio de la “crisis del gas? (me acuerdo las sublimes notas de Supertramp en Crisis, what crisis?) está decidido a incrementar la canalizaciones a través de Bielorrusia.

¿Es el fin del movimiento estratégico iniciado la pasada semana con el recorte de los flujos por la hostil zona ucraniana? ¿Es la salida de Putin a las presiones europeas? Son interrogantes que se ciernen sobre el abastecimiento energético de un continente donde empieza a quedar claro que, además del respeto a Kyoto, es preciso un debate en profundidad sobre generación, transporte y suministro de energía. Y donde, con especial incidencia en GB y Alemania, la incógnita nuclear adquiere más relieve.

En cualquier caso, lo evidente de estos roces, dentro de los estados y entre los estados, es que la cuestión energética, en el siglo XXI, es indisociable de la cuestión estratégica. Y, por tanto, estamos en las puertas de nuevas fuentes de conflictos, ante unos nuevos motivos para “hacer la guerra? (bellum garere).

La guerra irakí, la crisis con Irán, el camino hacia un nuevo “prestigio? ruso, la hipotética adhesión turca a la UE, la consolidación de una nueva política en Latinoamérica, o el futuro de las repúblicas ex soviéticas son focos conflictivos que no pueden entenderse en toda su magnitud sin contemplar la cuestión energética.

Quizá, la energía represente ese hilo simbólico que alumbra nuevos tiempos, unos tiempos marcados por el surgimiento de nuevas potencias, de nuevas estrategias, de formas diferentes de entender el ejercicio del poder, llamadas a sustituir a aquellos imperios que empezaron a declinar en la primera mitad del siglo pasado.

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