Hace unos días, y a propósito de los negativos augurios pluviales para 2006, nos preguntábamos muy genéricamente sobre la viabilidad, no ya económica, sino puramente física, de los nuevos asentamientos urbanísticos que siguen aflorando en zonas de España no precisamente caracterizadas por sus recursos hídricos.

La cuestión es tan simple que podría parecer absurda si no tuviera, desgraciadamente, relación con la realidad que nos aguarda: ¿Cómo coño van a beber, asearse y, en definitiva, mantenerse las criaturitas que verdaremente ocupen -y no especulen- con las nuevas residencias que se levantarán en el Mediterráneo español, en especial con el plan de ordenación territorial previsto para la Comunidad Valenciana y que ya ha sido objeto de denuncia en instancias europeas?

Es probable que nos encontramos ante una nueva relación telúrica, ante un nuevo paradigma dialéctico del que nuestros responsables políticos no nos han dado suficiente información…

Pues si el ministro Trujillo reconoce, por fin y valga la redundancia, el final del abastecimiento energético a precios de risa (con documental en Documentos TV incluido, el mismo día -oh casualidad- en que Zapatero habla de la necesidad de una “empresa energética fuerte” a propósito de la OPA), ¿a qué espera, por ejemplo, la titular de Medio Ambiente para denunciar el despropósito del agua en esta España del ladrillazo?

Amén del terrible marco competencial entre administraciones, que todo lo ralentiza o acelera en función de la conveniencia, ya va siendo hora de que alguien ponga, en virtud de sus responsabilidad política, negro sobre blanco cómo nos están cambiando la geografía. Sí, ese daño invisible y a largo plazo del que probablemente tengamos que percatarnos a través de Google Earth o algún instrumento parecido…

Si la curva de la demanda crece precisamente en aquellos lugares donde menos oferta hay, ya me dirán el resultado.

Aquí, hay otro pronóstico más documentado y no por ello menos preocupante.

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