Un movimiento tan coordinado como espontáneo fue la matriz de las riots en Francia. Alguien encendió la llama necesaria para que un descontento latente se hiciera patente y ese alguien fue Sarkozy. Aquellas algaradas, lejos de entenderse como un conflicto étnico o religioso, tuvieron una clara motivación social, al estilo de las clásicas luchas de clases. Lo que evidenció aquel conflicto era una situación de desigualdad de oportunidades en la nación del republicanismo libre y fraterno. Una contradicción entre los mensajes del poder y la realidad de los ciudadanos. Como lo demuestra el nuevo plan xenófobo del delfín galo.

Un movimiento tan coordinado como espontáneo es la matriz de las manifestaciones por las caricaturas del profeta Mahoma. Es muy probable que el carácter religioso de la protesta sea sólo un poso residual en un conflicto que muestra una mezcla motivacional que va desde luchas internas dentro de las propias facciones de musulmanes, hasta unas puras y reconocibles reivindicaciones nacionalistas.

Sin olvidarnos de que, detrás de estas demostraciones está el deseo de la élite de reivindicarse ante los extremistas, de ponerse la careta antiamericana y de promocionar unas revueltas con un origen frágil proveniente de un país como Dinamarca con el que se pueden sacrificar relaciones sin problemas.

Precisamente, por esta demostración de poder, la turba ha iniciado su tendencia descendente. Al fin y al cabo, el cetro del poder, ese por el que pelean el nacionalismo y el islamismo, cada uno en un extremo del segmento, vería peligroso para su status que las propias manifestaciones se extendieran en el tiempo, una vez logrados los objetivos.

Sencillamente, cunde el miedo a que el monstruo que han alimentado se vuelva contra sus intereses.

Lo que ocurre es que, al igual que en el caso frances y las aspiraciones de igualdad de derechos, el deseo de “independencia” del mundo árabe seguirá estando presente.

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