En el principio, fue el verbo. Pero eso sería en un principio muy lejano en el tiempo, porque en los que corren y sufrimos, en los tiempos de la revolución informacional y de la sociabilidad tecnológica, las libertades que consideramos más inalienables de la persona, paradójicamente, están siendo puestas en la picota. Una suerte de contrarreforma recorre el mundo.

Y es que la Comisión Europea hace de su capa un sayo para dar el visto bueno a la directiva de retención de datos, con la complicidad de empresas tecnológicas y de operadoras de telefonía móvil e IP, en su carrera competencial por abundar en la tarta del negocio antes que en la prestación de unos servicios a los ciudadanos que velen por los intereses de estos últimos.

A partir de ahora, empieza el plazo para que las distintas legislaciones nacionales se adopten a estas nuevas medidas de “guerra contra el terror? versión UE. Sólo Eslovaquia e Irlanda han puesto apostillas a una norma claramente atentatoria del derecho a la intimidad y a la libertad individuales.

Europa entra en el juego. Se suma a la ruleta que gira aleatoriamente y pegando palos de ciego en la pelea contra esos males que atacan nuestra seguridad, tirando por la borda ese gran principio que define a quienes queremos una sociedad segura, pero libre y a quienes compartimos que para estar más seguros hay que ser más libres y que la seguridad debe estar al servicio de la libertad y no al revés.

Empezaba a creer en Europa. Mejor dicho, soñaba con una Europa distinta. Creía en unos mensajes diferentes, en una visión divergente del mundo a los que tienen los centinelas del otro lado del Atlántico.

Creía en una Europa de la cultura con mayúsculas, en una Europa garante de la paz y defensora de la libertad; creí, muy ingenuamente, en la construcción política de una Europa que sirviera de nexo de unión y de encuentro entre los pueblos. Y que lo hiciera en pie de igualdad y salvaguardando los derechos humanos.

Pero directivas como esta, a las que hay que sumar las diatribas culturales de Escandinavia, el fascismo cada vez menos disimulado de Sarkozy en Francia o las medidas antiterroristas, claramente abusivas, del paraíso de las libertades (Inglaterra), destierran cualquier esperanza de convertir Europa en un nodo del mestizaje, la transculturalidad y el multilateralismo en el que una vez creí.

Una jornada triste. Y , lo peor, es que esto ya no es una excepción.

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