Europa, entre la espada de la economía y la pared de la política. El estado de indefinición de Europa, no sólo de lo quiere ser, sino de lo que es, empieza a ser preocupante.

Mientras la Comisión Europea aboga por la creación de un empower energético continental, los estados enfatizan su soberanía en una carrera por la creación de grandes entidades energéticas a la salvaguarda de la investigación y el desarrollo dentro de los límites de la nación.

Unos movimientos que revelan:

1) Que la cuestión energetica es indisociable y no se entiende sin relacionarla con las orientaciones estratégicas.

2) Que el poder de los estados no se representa ya en abultados ejércitos y operaciones bélicas, sino en su potecial energético (tanto en produción y comercialización como en su tratamiento), con especial acento a las alternativas al petróleo.

3) Que la cuestión energética es, por encima del plano económico, una cuestión política. Es decir, es una cuestión de estado. Lo que significa que los estados han encontrado, en el posicionamiento energético global, una fórmula para reivindicar su soberanía.

4) Así se entiende, pues, el apoyo decisivo y normativo de los gobiernos a fusiones de empresas energéticas para la creación de entidades fuertes capaces de competir, en puestos privilegiados, en el mercado global y sin fronteras, de la energía.

5) Nos encontramos en tiempos de posicionamiento, a la expectativa de un futuro más bien mediato en Oriente Medio y en el sudeste asiático, lo que determina que las relaciones bilaterales se primen sobre la constitución de una política exterior bien definida y con capacidad operativa, tal y como se ha puesto, últimamente, de relieve, con la llamada crisis de Irán.

Desde los portazos a la Constitución Europea, a las diferencias con las relaciones transatlánticas, pasando por sus ambigüedades con Oriente Medio o las diferencias en el trato a los futuros nuevos componentes (Turquía como paradigma), la construcción de un poder político común en el seno de la Unión Europea se parace cada vez más a una quimera. Y, como los distintos movimientos economícos están dibujando, parece claro que nadie en Europa quiere ceder más soberanía financiera que la que ya se consiguiera en Maastricht.

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