Siempre me pregunto por qué el Día de Andalucía se constituye como una fiesta, como una celebración, claramente dominada por los mensajes políticos.

Es más, incluso los actos o los comunicados de plataformas ciudadanas de diverso pelaje tienen un incontenible tufillo político, aderezado, en la mayoría de las casos, con esas repetidas notas que nos suenan a discriminación, victimismo y otros elementos que podríamos guardar en el cajón de las desventuras de la tierra.

En paralelo, y mientras se otorgan las medallas de reconocimiento, con criterios más que discutibles, otros hablan de avances, de prosperidad y de progreso.

No está mal, pero Andalucía nunca ha sido ni puede ser un concepto político. Como nunca ha sido ni puede ser un concepto cultural cerrado y unívoco, una imagen fija o un esquema hermético.

Es decir, que Andalucía nunca puede reivindicarse como nación, ni como un todo identitario.

Pues el sur, es, ante todo, un sentimiento… una llamada que nunca será exclusiva de nada ni de nadie. Es un sentimiento compartido y con un sustrato inmensamente rico, el que se deriva del mestizaje del que nacemos y de la diversidad en que vivimos.

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