Cuando una parte está interesada en un conflicto, lo último que puede hacerse es caer en la incongruencia, defecto que es rápidamente detectado por la contraparte. Este es el mensaje que ha transmitido el presidente Bush en su reciente viaje a la India.

Al declarar que EEUU establecerá relaciones en materia nuclear con India en el ámbito civil, siempre que esta modalidad quede claramente separada de la militar (con independencia del reforzamiento de la vigilancia en esta rama), Bush está explícitamente reconociendo que India puede continuar con sus trabajos de nuclearización con fines militares.

El presidente norteamericano está dando cobijo, está apoyando precisamente aquello que quiere combatir en Irán. Es posible que la deficitaria balanza exterior de EEUU y la importancia en la región de India obliguen a adoptar decisiones tan arriesgadas como el pacto sellado por Bush hace unos días. Pero, con esta estrategia, queda meridianamente claro que Washington queda deslegitimado para pedir explicaciones a Irán.

Al mismo tiempo, y pese a los esfuerzos de la comunidad internacional y la mano casi siempre tendida de Al Baradei, está claro que los ayatolás han encontrado en la fallida jugada diplomática de Bush la coartada perfecta para seguir enrocándose en su programa nuclear y sortear todo tipo de vigilancias y ulteriores sanciones.

Bush ha querido cubrirse las espaldas con el poderío regional de India, fortaleciendo las relaciones comerciales con Delhi, pero al presidente de la primera potencia del mundo se le debe exigir que sus acuerdos bilaterales no originen más inestabilidad en una zona donde Pakistán y sobre todo China tienen mucho que decir.

Con este movimiento de Bush, ¿qué cabe esperar de las hasta ahora vacilante China y Rusia cuando el affaire iraní llame, de verdad, a las puertas del Consejo de Seguridad?

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