La reciente negativa a la gestión de los puertos estadounidense por parte de una empresa de Dubai tiene, más allá de las absurdas justificaciones de seguridad y de las motivaciones económicas, un sustrato de rechazo cultural que no parece erosionarse en el marco de la llamada democracia liberal (si el sintagma no es un oxímoron, que puede), tan caracterizada por la bendición del multiculturalismo como por la defensa de los iconos patrios.

Por mor de este sustrato cultural, la lógica de las relaciones en un mundo globalizado se enfrenta a una paradoja de difícil solución, tal y como nos lo demuestra el caso, por ejemplo, de Google en China.

La apreciación cultural, que se levanta sobre una constitución de valores presuntamente compartidos, provoca por ejemplo que lo que se viene en llamar Occidente actúe de forma antitética según los casos.

Este modus operandi no tiene por qué ser, en esencia reprobable, pero sí se convierte en rechazable cuando el fin que determina relaciones dispares y contrarias entre sí es, paradójicamente el mismo.

Pensemos, por ejemplo, en el bienintencionado fin de la democratización.

Así, el idealismo democrático que caracteriza a las democracias occidentales exige del Islam una transformación que permita una correspondencia de valores con los que alimentan la cultura occidental, con el objetivo de propiciar la “integración? de los musulmanes.

El proceso, gráficamente sería el siguiente:
Occidente>Islam>Tranformación>Intregración

Sin embargo, el fin último de la democratización determina de modo muy diferente el caso Google, como símbolo de las relaciones de Occidente con un país no democrático como es China.

La lógica de las relaciones diverge respecto a las mantenidas con el sistema de valores musulmán, por decirlo de alguna manera. De modo que el idealismo democrático no exige de China una transformación. Al contrario: se entiende que la aceptación de sus valores permitirá, en un futuro no concreto el fin último de la democratización. Y así, donde antes Occidente exigía, ahora capitula, de acuerdo con la siguiente cadena:
Occidente>China>Aceptación>Democratización.

De este modo, este sustrato cultural define las relaciones en la globalización, por encima de los clásicos ya cuestionamientos de seguridad, las relaciones de amistad entre los agentes, la pretendida libertad de mercado y el fin de las fronteras políticas.

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