Hace unos días, España obtuvo el compromiso de GB de que el Peñón no hará más veces la funciones de ¿improvisado? taller de reparación de submarinos nucleares, aunque Gibraltar seguirá siendo sitio estratégico de atraque de barcos de todo pelaje, la mayoría de las veces con muchas sombras en la información por parte del gobernador Caruana.

No será Gibraltar, sino el Norte de Europa el lugar más indicado para que Rusia experimente con un nuevo cacharrito nuclear: una central flotante. Un generador a la carta especialmente indicado para resolver emergencias energéticas de otros países, una infraestructura que Moscú empleará como arma de chantaje. Si no, al tiempo.

La megaobra, similar a la que EEUU construyó a finales de los 60 y que desguazó a principios de los 70 por sus altos costes de mantenimiento, es una exhibición del poder energético, y por tanto estratégico, de claras resonancias neoiomperialistas de esta Rusia gobernda autárquicamente y con mano férrea por el antiguo responsable de la KGB.

Pero así, a vuelapluma, la central me parece un objetivo privilegiado y muy apetitoso para un ataque terrorista, con los graves inconvenientes derivados de los componentes nucleares y con las desastrosas repercusiones que tendría no tanto para Rusia como para la zona donde se encuentre este engendro flotante en el momento del atentado.

Y, por otra parte, está el problema del almacenamiento de los residuos, que, seguramente, se subsidiará en algún que otro país subdesarrollado que necesite cancelar deuda externa con los rusos u obtener respaldo logístico y armamentístico de Moscú.

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