El otro día, el senador chileno Fernando Flores repasaba la importancia del cobre. Según los datos aportados en un informe recogido en el Wall Street Jounal, la demanda de este elemento alcanza tales niveles que se ha convertido en objeto de especulación, dada la tendencia descendente de la oferta, como consecuencia de las dificultades para hallar nuevos yacimientos de este, ahora muy preciado, metal.

En otras ocasiones, hemos dibujado la presencia cada vez más creciente de China en ?frica, con especial incidencia en la zona del Sahel. La razón es clara: Pekín anda a la búsqueda deseseperada de materias primas y el contienente africano se ha convertido, nunca mejor dicho, en una mina siempre abierta a seguir siendo explotada.

Evidentemente, el incremento de los flujos de intercambio entre ?frica y China preocupan en Washington, que también mira temerosa su pérdida de influencia en el continente sudamericano, donde China se está postulando también como un gran comprador. Aquí radican las emergencias de Bush para que se apruebe el ALCA y un buen termómetro para entender el acercamiento de las ‘izquierdas moderadas’ al proyecto, Uruguay incluida.

No es difícil adivinar también que el control de la riqueza de fosfatos en el Sáhara es leit motiv del enquistado conflicto que se cierne sobre un país condenado a sufrir una eterna dominación extranjera y con Marruecos haciendo caja desde la celebérrima Marcha Verde.

¿Pero es la ausencia de inversiones y proyectos propios de explotación de recursos una característica de países sometidos a cruentas dictaduras y paupérrimas condiciones económicas? Está claro que no.


Más allá de las diatribas político-económicas que ha generado el asunto de la OPA de Gas Natural, no estaría mal que fueran las propias empresas españolas las que trabajaran más en la prospección de recursos y materiales en un país caracterizado por su fuerte dependencia energética.

Y me refiero al caso del cobre, donde una zona que ha arrojado sufiecientes pruebas milenarias de la existencia de este recurso, ha quedado a merced de la explotación por una empresa canadiense, que hará negocio en un solar con un alto valor estratégico y con un recurso, que, como nos recordaba el Wall Street, tiene visos de incrementar, magnis itineribus, su apreciación a corto plazo.

Además, la explotación está fuertemente subvencionada por la Junta de Andalucía, pese a las advertencias de grupos conservacionistas y de algún que otro Ayuntamiento, movido por la presión vecinal a no establecer relaciones con la concesionaria de la mina. Por si fuera poco, las previsiones de creación de empleo y riqueza de la mayor explotación de cobre de Europa a cielo descubierto no son muy convincentes, y la depuración residual está aún por concretarse, lo que redunda en un incremento de los riesgos.

No se trata de proteccionismo, se trata de poner en valor las oportunidades. Y ni la administración ni las empresas han sabido aprovechar este recurso propio, máxime cuando las plusvalías tampoco son muy generosas y los riesgos no suficientemente aclarados.

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