La muerte de Milosevic, con unos fastos funerarios que han reflejado que gran parte de la población serbia quiere pasar página definitivamente y arrinconar los años negros del nacionalismo, así como el revival en Bielorrusia de las revoluciones de colores que provocaron cambios de gobiernos en Georgia y Ucrania, son signos de un época nueva en la que parece que los ciudadanos se han percatado de que tienen poder. Sobre todo, en una zona donde la permanencia de un Estado centralista ha funcionado como máquina controladora y represora de cualquier conato de movilización ciudadana. Así ha sido, lastimosamente, durante mucho tiempo.

Sin embargo, no podemos olvidar aquellos movimientos que, en plena Guerra Fría, supusieron un evidente signo de cambio en una política de bloques donde el control internacional se entendía de una forma centralizada y adquiría la forma de una dominación latente en la que una simple decisión de un ejecutor central influía decisivamente en el presente de las potencias satélites, capitidisminuidas a voluntad para favorecer la hegemonía del controlador.

Hoy, Europa parece prestar más atención a su patio trasero. Pero, ¿realmente estamos ante una nueva época en una zona del mundo en la que el poder ha dejado de entenderse de arriba-abajo y donde hayan desaparecido las clásicas formas de dominación centralista?

Pueden enumerarse una serie de planteamientos que nos llevan a poner en cuarentena una respuesta afirmativa. Por ejemplo, la cuestión energética, sobre la que la Rusia de Putin sedimenta su nueva hegemonía estratégica en el Cáucaso, los Balcanes y el conjunto de la parte oriental de Europa. Así ha quedado de manifiesto este pasao invierno.

Dos: las crisis internas en Ucrania y Georgia han demostrado la debilidad del poder renacido de quellas ansiadas revoluciones de colores. Sin una apuesta decisiva de la UE para establecer relaciones privilegiadas con estos países y sin una verdadera implicación de los EEUU que vayan más allá de intereses militares, ambos estados pueden vivir una regresión democrática y un ascenso del conservadurismo que haría baldíos los esfuerzos de los movimientos ciudadanos que propiciaron el cambio.

Tres: La frágil economía doméstica de las estados caucásicos y también balcánicos representa una amenaza a la estabilidad. Si no se produce un importante y destacado esfuerzo inversor de compañías extranjeras en estas zonas que enfrenten la consolidada hegemonía de grupos económicos pro-rusos, es posible que se forme un descontento ciudadano que revierta en un nacionalismo que haga fracasar las francas aspiraciones de estos países de integrarse en la UE.

Y cuatro: Europa no puede volver la vista sistemáticamente ante lo que pasa en Chechenia. Igualmente, la gran alianza anti-terrorista formalizada por Moscú y Washington propicia el oscurantismo informativo que rodea al conflicto checheno, más allá de las acciones terroristas perpetradas por grupos radicales, cuyo número irá aumentando y con formas disruptoras cada vez más diversas, más baratas y más eficaces. Nadie sabe a ciencia cierta cuantas víctimas se ha llevado por delante esta forma de guerra asimétrica (algunas cifras hablan de cien mil), aunque sabemos de que se trata de un territorio devastado por tantos años de conflicto.

Cuando se cumplen tres años de promesas incumplidas en Irak, de ausencia de Estado, de proliferación de acciones terroristas y de guerra permanente, no estaría mal que las llamadas potencias occidentales trabajaran para la consolidación de la democracia en el propio continente europeo. Por ahora, la vergüenza de Grozni parece condenada a rivalizar con el arbitrio y la realidad sangrienta de Bagdad.

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