Una amplia polifonía de voces atribuye el alto el fuego de ETA a dos motivos principales: la falta de apoyo de la ciudadanía y el terrible atentado yihadista del 11-M en Madrid.

Sin duda, ambas circunstancias tienen mucho sentido a la hora de analizar el anuncio de ETA y ambos factores componen una relación catalítica que, no obstante, tienen su origen algún tiempo antes: el tiempo en el que el terrorismo empezó a ser perseguido con un enfoque global, porque también empezó a practicarse con una dimensión global.

Si el terror es enfrentado a nivel global, y nivel global quiere decir, por ejemplo, que la seguridad estadounidense haya colaborado con la policía española y francesa en la lucha contra ETA, así como que la española haya brindado toda la colaboración del mundo en la persecución del terrorismo yihadista, resulta comprensible analizar el proceso de enfriamiento, hasta llegar a su parálisis y desmovilización, de los terrorismos nacionalistas. Al menos, en las llamadas democracias occidentales.

Sólo así se entiende, por ejemplo que el desapego ciudadano a las reivindicaciones etarras haya mantenido un perfecto equilibrio, apenas vulnerado por acciones de segundo grado y protestas de baja intensidad, con el desplazamiento político, el castigo penal, el estrangulamiento financiero y la perescución judicial a la que se ha visto sometida tanto ETA como su entorno.

De este modo, la colaboración internacional ha sido primordial en el arrinconamiento de ETA, pero el terrorismo, cualquiera que sea la forma que adopte, los medios que emplee y los fines que persiga, sólo puede ser extirpado mediante la vía del diálogo y la negociación. Y esta es una enseñanza que, paradójicamente, ha sido puesta de relieve por el terrorismo internacional, que, a día de hoy, es sinónimo de terrorismo yihadista.

Los casos del IRA y de ETA nos demuestran que el fin de la violencia sólo se consigue, en última instancia, cuando se negocia con estos grupos, una vez que han sido debilitados internamente (falta de apoyos) y externamente (persecución policial y judicial). Y cuando la sociedad es capaz de concretar los objetivos de estos grupos -principalmente reivindicaciones políticas y territoriales-, un elemento más difícil de discernir en el caso del terrorismo globalizado de Al Qaeda.

Por eso, la paz de Irlanda y España es una paz condicionada al reconocimiento de territorios, y, en última instancia, al reconocimiento de identidades. Por eso, también es posible albergar esperanzas en un fin dialogado de la violencia en conflictos identitarios asociaciados a reivindicaciones nacionalistas como los de Colombia, Sri Lanka, Sudán, Nepal, Nigeria, República Democrática del Congo, o la misma Palestina, por poner algunos ejemplos.

Del mismo modo, sólo el reconocimiento de las diferentes identidades que se dan en Irak podría propiciar el fin de un conflicto sobre el que pesa el agravante de que se ha convertido en el epicentro del terrorismo internacional yihadista. Y esto último es lo que complica la paz en Bagdad.

El final consensuado del terrorismo etarra nos arroja una última gran lección para el futuro: que la amenaza global que representa Al Qaeda debe contrarrestarse poniendo fin a los conflictos internos, esas diatribas de carácter identitario, nacionalistas, enfrentamientos que bien podríamos definir como choque de culturas.

El fin del terrorismo territorialista en Occidente deja el camino expedito para enfrentar esos conflictos internos, intraestatales y que adquieren la forma de guerrillas de forma más efectiva en la parte pobre del mundo. Precisamente, donde Al Qaeda alimenta las esperanzas de convertir las diatribas culturales en un verdadero choque de civilizaciones.

Anuncios