Creo que fue durante el verano pasado cuando me leí El Hereje de una tacada. Siempre me ha gustado Delibes. Quizá sea por la atracción que siento por los paisajes castellanos.

En un momento del libro, Delibes apunta una conexión del foco protestante de Valladolid con unos correligionarios sevillanos. No obstante, no se detiene a situar ni el punto de origen ni el ámbito de influencia de los herejes hispalenses.

La duda me duró el tiempo de acordarme de un librito de la periodista Eva Díaz Pérez sobre el Monasterio de San Isidoro, en la localidad de Santiponce, apenas a unos tres kilómetros de Sevilla capital.

Más o menos, los herejes poncinos, todos ellos pertenecientes al clero regular, corrieron una suerte similar a la del protagonista de la obra de Delibes y terminaron con sus cuerpos abrasados en las hogueras de la Inquisición.

Delibes retrata bien a los subversivos castellanos, pero el dramático y, por otra parte, esperado final del libro, lleva a pensar que el foco protestante de Valladolid fue reprimido de una vez y para siempre. Lo mismo cabría pensar a tenor de la sangría sufrida por los monjes de San Isidoro del Campo de Sevilla.

Pero el sentido común lleva a pensar más bien lo contrario: que los núcleos protestantes no sólo no desaparecieron, sino que crecieron en número de afiliados y en presencia geográfica, con las lógicas oscilaciones de potencial asociadas a diversas coyunturas.

Del mismo modo, su configuración como red, sustentada en un intercambio más o menos fluido de mensajes entre los diversos nodos en distintas provincias, con localizadas comunicaciones con el corazón protestante centroeuropeo, aseguraba su subrepticia permanencia en un estado que se sirvió de la religión como instrumento para manifestar su poder.

Política y religión se abrazaban para perseguir al que era, a un tiempo, hereje y subversivo, sin que la fuerza de la represión sirviera para terminar con la disidencia, gracias a la constitución de una red ciudadanas sustentada en signos identitarios. Es decir, que las condenas se producen cuando las religiones pasan a formar parte del espacio público.

El caso es que esta vieja persecución de redes subversivas nos lleva a pensar en los recientes casos de cristianos perseguidos por islamistas radicales en Afganistán, un problema que ha tenido eco informativo internacional como consecuencia del indulto obtenido por un condenado a muerte por apostasía.

Lo que quiero decir es que las dificultades convivenciales mostradas por religiones de diverso signo no debe parecernos ni un fenómeno extraño ni un asunto que nos merezca sorprendernos, máxime si la constitución de un estado tiene pilares religiosos, como es el caso de Afganistán o del mismo Irak, con su nueva Constitución, sometida a plebiscito hace unos meses.

Pero las religiones, al fin y al cabo, son estructuras de poder basadas en teologías y cosmogonías diversas. Por eso, las religiones suelen sobrepasar la esfera de lo privado para conquistar los dominios de lo público. Esto, desgraciadamente, ocurre con frecuencia. Y no es exclusivo de los países árabes, una idea que determinados ultras religiosos están empeñados en difundir.

De hecho, las estrategias de dominación propaladas en Latinoamérica por redes evangelistas conectadas con altas esferas de poder en EEUU representan también un interesante episodio de conquista, no basada en la fuerza de las armas, en la estrategia militar, en las relaciones financieras o en el mero intercambio cultural, sino en el infinito poder de la fe.

La invisibilidad de este dominio, al contrario de lo que ocurrió en siglos anteriores, se debe, paradójicamente, al respeto por ese anatema que consigna que los estados y la política debe estar al margen de la religión, siquiera aunque ésta obtenga cada vez más resortes en la , se supone, ascéptica y laica, esfera de lo público.

Hoy, la religión ya no necesita del Estado.

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