Cuando la tormenta estalló de verdad, Carmen y yo estábamos cruzando a pie el Puente del Alamillo. Nada auguraba a primeras horas de la tarde, después del café en uno de los picos más altos del Aljarafe y de disgustarnos por encontrarnos cerradas las puertas de uno de nuestros epicentros emocionales, que el cielo se enfadara de verdad.

Que mostrara su rabia tras una mañana de pequeñas lágrimas que nos acompañaron mientras disfrutamos del verdor del paisaje en de una encrucijada de caminos que se citaban en torno a un espacio que recibe el ilustrativo nombre de Las Cruces. Nuestra intención era comprobar in situ donde se emplazará el yacimiento de cobre que, en uno de los sitios más estratégico de la provincia de Sevilla, explotará una empresa canadiense. ¿Alguien habló de proteccionismo? ¿Alguien habló de subsidios? ¿Cuál es la Sevilla real? ¿Cuál es la Andalucía real? Y ¿a quién se encarga de favorecer la administración?

A partir de aquí, abrimos una conversación todavía inacabada sobre el valor del cobre y la corriente especuladora que se cierne sobre él. Esa mañana éramos totalmente ajenos al crujido que pegó el cielo en un domingo por la tarde de verdadera primavera, sintiendo que disfrutábamos de una anormalidad que causaba disgustos en el común y verdadero gozo denuestros sentidos.

Tormenta de primavera, granizo a veinte grados, y rayos, y truenos… la ciudad desbocada.

Refugiados debajo del puente, se dibujaba al otro lado del río, como un fondo de escritorio, inmóvil y aburrido, la imagen de una ciudad deconstruida en parque temático, el pastiche arquitectónico de una Isla de la Cartuja pestilente de seis meses de Expo.

El granizo golpeaba virulentamente la estructura del puente, pero las agusa del Guadalquivir pemanecìan tranquila, como si estuvieran ingiriendo un sustento rutinario. El sonido del hierro del puente competía con el de las sirenas de las ambulancias y de la policía que se tragaban Torneo a 100 por hora.

"Si la información no es conocimiento, no vale la pena", comentó Carmen. Entonces acordamos desafiar el vendaval, mojarnos de primavera y cruzar la calle, obviando un caos sobrevenido que en nada armonizaba con una tarde de domingo. Después, nos tomamos un café.

Definitivamente, descubrir la ciudad exigía de acontecimientos extraordinarios. Pero puede que esta sea una idea errónea. Seguiré pensando sobre ello.

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