Un amigo me pidió hoy que le acompañara a resolver unas gestiones muy cerca el edificio de los Juzgados de Sevilla, justo al lado del Prado de San Sebastián. Así que le propuse que, en lugar de tirar por Kansas City-Santa Justa-Enramadilla-Carlos V, discurriésemos por el tramo aún transitable de José Laguilo, doblásemos por Gonzalo de Bilbao y desembocáramos en Ronda de Capuchinos.

El motivo: tenía necesidad de contemplar y de recrearme en el bellísimo y costumbrista edificio de La Florida, uno de esos inmuebles que dan fe del dinamismo empresarial y comercial que alumbró a Andalucía Occidental en los albores del siglo XX y finaes del siglo XIX, al rebufo del inversionismo extranjero que no sólo se materializó en Río Tinto, sino también a la voluntad de pequeños negociantes que centraban su interés comercial en los productos alimenticios y textiles.

Este bonito edificio, esta manzana que es tan emblema, como Santa Cruz, los pabellones indianos y la Plaza de España, de la Sevilla pletórica del 29, terminará convertido en escombrera -con contadas excpeciones catalogadas- para alumbrar uno de esos inmuebles a los que la Sevilla de pastiche nos tiene acostumbrados, por obra y gracia del gran mercado del latrocinio inmobiliario.

 Sería absurdo oponerse, por sistema o por norma, al desarrollo inmobiliario. Pero para mí, un criterio de sostenibilidad es aquel que salvaguarda el patrimonio sentimental de una ciudad. En absoluto, la mal llamada modernidad y la especial protección que deben tener edificios singulares e idiosincráticos, son elementos antitéticos.Entre otras cosas, porque una ciudad moderna y que aspira a tener un desarrollo sostenible, es una ciudad que sabe proteger sus símbolos. Esto es, que sabe preservar y luchar por su identidad. En este caso, la identidad que se retrata en su arquitectura más definitoria.

 El proyecto de construcción de un gran edificio de viviendas, con los típicos bajos comerciales, creados con medidas estándar y con iguales materiales y pinturas, con el añadido de plazas de aparcamientos suberráneo como gran atractivo, representa un atentado urbanístico en todo orden.

Y lo es por el valor del edificio al que se suplanta este proyecto. Y lo es por el emplazamiento del inmueble. Y lo es por el valor sentimental de un edificio que, en vez de demolido, siempre pidió a gritos ser convenientemente reformado, respetando su singularidad, ensalzando su belleza, respetando la armonía del entorno, y, evidentemente, favoreciendo a los inquilinos y comerciantes que en él habitaban y que, durante muchos años, han venido sufriendo presiones de los dueños del inmueble para abandonar sus viviendas de toda la vida para poner en bandeja el solar al servicio del disparatado mercado inmobiliario.

 Y sí. La Florida será un nuevo hito de la ciudad deconstruida, por mor de esa transición hacia la modernidad, que no se traduce en una apuesta tecnológica seria, en la creación de nodos de participación ciudadana, en el fomento del transporte público y en un urbansmo sostenible, sino en destruir lo simbólico para crear un nuevo orden, una ciudad nueva caracterizada por la homogenización y emperrada en sepultar la diversidad que siempre la ha caracterizado.

Medidas como esta, para mí de similar trascendencia a las barbaridades cometidas en Triana, el entorno San Luis-Alameda o San Bernardo, por poner algunos ejemplos, amén de la conversión en Corte Inglés de esa joya arquitectónica que un día fue el Palacio del Duque, en la plaza del mismo nombre, convierten en ironía ese lema del consistorio hispalense que nos reclama para que hagamos de Sevilla "la construcción de un sueño".

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