Ayer, Radio 3 nos deleitó con un recital de canciones de Zeca-Alfonso, el cantautor de la Revolución de los Claveles, ese levantamiento incruento destinado a sellar el tránsito de Portgal hacia la modernidad. O mejor dicho, hacia la contemporaneidad de un mundo en constante cambio y donde un sistema democrático es norma básica de un pueblo para prosperar.

Treinta y dos años después, España sigue teniendo una deuda con Portugal. La deuda de la atención. El secular débito de una consideración disminuida hacia nuestros vecinos, pero también compadres lusos, pácticamente nuestros hermanos portugueses.

Ni siquiera fuimos capaces de mirarnos en el espejo incruento de los claveles, quizá fuera por las resonancias marxistas de las creaciones de Zeca, el cantautor del proletario, el cantautor protesta que sirvió de consigna para la movilización potuguesa. La labrada desconfianza hacia el marxismo incubada durante la Dictadura de Franco provocó que el tránsito a la democracia en España fuera por otros derroteros y que una vez más el ejemplo de Portugal se soslayara bajo un absurdo complejo de superioridad. Un imaginario que rezuma hasta un racismo no disimulado para con el pueblo que habita más allá del Guadiana y el Tajo.

España no tuvo su Zeca-Alfonso, porque ni siquiera el clásico de Hernández andaluces de Jaén, aceituneros altivos, supo reunir en un empeño en un imaginario común a unos disidentes que mamaban de las diferencias ideológicas y programáticas de la II Reública y que hicieron protestación de fe de su desunión cuando el enemigo murió definitivamente en febrero del 81 con el golpe fallido de Tejero, o, lo que es lo mismo, de esa burguesía, en los tiempos que corren autodenominada centrista y liberal, que confiaba en que los militares pusieran fin al tearto democrático por miedo a perder prebendas.

Y ahí está, casi 40 años después, Portugal luchando por salir de la ignominia. Sin zecasalfonsos, sino con madredeus y con el universalismo de Saramago, llamando al inversionismo extranjero, desdeñando su tradicional filiación comunista y transportándola hacia lo residual, pero al mismo tiempo intenando deshacerse de una derecha demasiado conservadora, eligiendo el modelo Cavaco aderezado con el socialismo centrado de Sócrates, despidiendo a Sampaio e intentando salir de una crisis económica que parece crónica, como su saudade.

Y ahí está Portugal, rendida al dominio británico que reina en los pueblos del Algarve, desde Albufeira a Salgados, desde Quarteira a Faro. Y ahí está Portugal, siempre intenando comunicarse, hablar y entenderse con España, que vienen a ser la misma cosa.

Te quiero, Portugal. Te quiero cuando cruzo todavía el Guadiana en ferry. Te quiero cuando camino por tus calles, recorro tus paisajes, cuando te huelo por Lisboa. Y cuando te miro desde Ayamonte. Allí estas tú. Tan cerca, pero tan lejos.

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