Antes de morir a balazos en la Carretera de Carmona, Blas Infante había dejado escrito un himno de Andalucía que reclamaba una movilización popular por una “Andalucía libre” y también por “…España y la Humanidad” en una letra albiverde que el jornalerismo y cierta izquierda de filiación comunista modificaba en tiempos de la Transición para entonar aquello de “sea por Andalucía libre, los pueblos y la humanidad”.

Dígase una versión u otra, nadie puede dudar de una entonación y un ritmo más ligados al Misal que a cualquier retórica revolucionaria pagana. Y, en un sentido muy cierto, la letra infantiana goza de una enorme filiación con aquel reconocido verso del alicantino Miguel Hernández que también llamaba a un cierto tipo de levantamiento: “Andaluces de Jaén, aceituneros altivos…” , proclamaba el poeta, en lo que no puede considerarse al margen del famoso inicio del himno de Infante: “Andaluces levantaos” y “pedid tierra y libertad”.

Indiscutiblemente, la proclama infantiana tiene mucho de mesiánico, de liberación, aunque el considerado padre de la patria andaluza (sic) no asignaba tal función a ninguna divinidad, sino a un sujeto: el pueblo andaluz. Un mesías, por cierto ni fácilmente cuantificable ni asequiblemente identificable.

Con su himno reivindicativo, Infante entronca con el secular universalismo de lo andaluz, un carácter también muy difícil de datar. Ni siquiera podemos presuponer su inicio cuando Hércules puso una pica en Cádiz. Estas disquisiciones, en realidad, me importan poco y se las dejo a la prole de nostálgicos que rasgan y adulteran la historia para adecuarla a su realidad y servir, de camino, a intereses no siempre declarados. En fin.

Lo que sí me importa es que la liberación propugnada por Blas Infante no se consuma en una aspiración territorial. Nunca fue este un objetivo del verdadero andalucismo. Al contrario, dentro de la cosmogonía infantiana, lo que importan son las tierras, pero no el territorio. La libertad del pueblo andaluz no se consume en un ansia por el territorio, en una delimitación geográfica, sino en el aprovechamiento de la tierra.

Infante no reivindica, pues, un ideal, sino un derecho. Un derecho tangible, reconocible y realista. Propone, con ello, una nueva relación telúrica con el campo, una forma de ‘dialéctica amable’ que asocia la libertad con el trabajo, lo que le une indirectamente con Hegel, y a partir de él, con Marx. Por eso, el jornalerismo andaluz y su transformación en “sindicalismo del campo” reconoce en el ideal andaluz una fuente de liberación del individuo, una libertad que, inexcusablemente, conlleva la consecución de las tierras, con el único fin de trabajarlas a partir de una socialización previa.

Al fin y a la postre, el andalucismo de Infante no deja de ser una aspiración republicana que se materializa en la consecución de un derecho, el inalienable derecho a la libertad, cuya consecución sólo es posible con el fin de todas las dominaciones posibles” , desde Dios al terrateniente, pasando por el poder político del Rey.

Al reivindicar tierras, pero no territorio, Infante está desempolvando el carácter universalista de lo andaluz. Puede pensarse que este universalismo también tiene mucho de marxista, en el sentido de que los derechos de los trabajadores, la alienación y la no propiedad de los medios productivos, no es exclusiva de nación alguna, sino que traspasa los límites del estado-nación, del que Marx dice que es una composición superestructural (según la nomenclatura marxiana) para perpetuar una injusticia universal.

Pero entender la cosmogonía de Infante desde una perspectiva marxista es un reduccionismo. De hecho, Infante no reniega de las naciones, al punto de que exige para Andalucía ese status. Con un matiz: la imposibilidad de consumar geográficamente una identidad caracterizada por una historia que no ha sido sino la historia de una diversidad. La nación andaluza es, pues, un concepto que se define por la inclusión de culturas y nunca por la exclusión. De ahí que Blas Infante hable de “Andalucía por sí, por España y por la Humanidad”.

El ideal andaluz es, de este modo, un ideal que se reconoce en la libertad y en la justicia. En la libertad, entendida como autodeterminación de un pueblo –y de cada uno de los andaluces individualmente– y en la justicia que representa el aprovechamiento de las tierras por medio del trabajo de los andaluces. Es un ideal que nunca se reconoce en una reivindicación territorial.

Es decir, que el concepto cultural de nación andaluza no puede tener una traducción política. De ahí que los andaluces no queramos ser Estado. Sencillamente, no nos reconoceríamos y olvidaríamos cuál es nuestra historia, renunciando, de paso, a nuestra identidad y ala diversidad que la dignifica.

 

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