Hoy entré, cosa rara porque estoy más pelao que un chino, en una sucursal bancaria. Aprovechando que tenía algo de cash y había por ahí alguna que otra cuenta pendiente sobre la que pesaba ese horroroso sintagma -vía de apremio-, conseguí abrir la puerta-fortaleza de un banco y entré.

Lo mejor era el aire acondicionado. Uf, llevaba lo menos dos kilómetros andando y hace un calor húmedo en Sevilla esta mañana que te acrecienta la sensación de cansancio que me produce la primavera.

Bueno, pues eso. Que estoy alllí esperando religiosamente mi cola para pagar, también religiosamente, el dichoso recibo y me encuentro con que la cajera, una chica de unos 20 años o así que seguro estaba de práctica ganando unos 200 euritos al mes, rompe a llorar. Y, con sus lágrimas, humedece todo el incontabnle papeleo esparcido por su mostrador de trabajo.

Fuera un ataque de crisis, una rabia incontenida o una explosión de stress, el caso que esta joven Magdalena bancaria no paraba de llorar reposando su cabeza sobre sus manos, ante la incredulidad de que quienes asistíamos al filme, o experiencia religiosa, desde nuestra paciente cola.

La chica, tras tranquilizarse un poco, razonaba que se encontraba bastante agobiada con tantos trámites, gestiones y papeles, con tanta reivindicación clientelar e infinitas peticiones de la jefatura. Al menos, eso es lo que se traslucía de la muy poco íntima conversación que jefe y empleada, sí jefe y empleada, mantenían en el despacho (sic) del primero.

Para entender un poco más la escena, un poquito de contexto nos vendría bien. Sólo dos ligeras impresiones:

a) FG, presidente del BBVA: "Detrás del libre mercado no hay nada" sobre el asunto de los fondos de pensiones en las petroleras que operan en Bolivia.

b) Los bancos crean en España un empleo por cada 1,7 millones de euros de beneficios, según Ausbanc.

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