Principiando la canícula, pasé una deliciosa tarde de domingo en compañía de Francisco Ayala. Me leí del tirón una recopilación de relatos del granadino, que, bajo el sugerente título de Mi ventana al mundo, culminaba con una recreación de las vicisitudes del libertino rey Pedro I el cruel.

Es un relato circular, que se inicia y termina con el abrazo simbólico de Pedro con su hermano bastardo Enrique, el conde de Trastámara, a la sazón hijo de Leonor de Guzmán. Abrazo, por otra parte, que nada tuvo de amistoso, pues se resolvió con la empuñadura de un puñal que acabó, en solemne y frío acto vengativo, con la muerte del rey que fuera, cual significado antecedente de Alfonso XII, amante de la vida nocturna de Sevilla, de sus personajes, fiestas, prostitutas, viandas y otros vicios de la otrora precaria corte castellana.

Justo el día antes, el sábado, me asomé a los Reales Alcázares sevillanos, esperando fundirme con la extraordinaria figura del Ibn Jaldún, gracias a una ambiciosa muestra que intenta recrear el devenir histórico de un periodo de confusión caracterizado por imperios en formación y la ausencia de estados. Un siglo XIV que coronaba el papel central del Mediterráneo, a la espera de ser revelado, durante las siguientes centurias, por el siempre temido atlantismo.

Sabemos por los legajos de la época de la reunión de Ibn Jaldún con Pedro I el Cruel, con quien se encontró en la residencia oficial del rey castellano, los mismos Reales Alcázares que, en toda esta historia, dejan de ser significantes para emerger como significado histórico, en una época con muchos y diversos centros de poder. Un encuentro entre el filósofo musulmán que viviera en la vecina localidad de Carmona y el sempiterno amante de María de Padilla, en lo que fue en la encarnadura de una forma, para la época, herética de entender las relaciones internacionales, al basarlas antes en el entendimiento que en la lucha, subvirtiendo así el orden entonces lógico de las cosas.

Al final no llegué a visitar la exposición conmemorativa de la reconocida figura de Ibn Jaldún. Me entretuve demasiado y lo dejaré para otro día, con más tiempo y más tranquilidad. Es una muestra que exige reflexión y análisis. Es una exposición que nos enseña que siete siglos no es nada.

La culpa de la demora la tuvo la Feria del Libro de Sevilla, que este año se ha celebrado en la Plaza del Triunfo y en la fernandina Plaza de la Virgen de los Reyes, ya que –¡oh sorpresa!– hay obras en la Plaza Nueva, entorno elegido otros años para la colocación de los diversos stands editoriales.

No quise pararme demasiado en el recorrido de los puestos, caracterizados como casi siempre por la coincidencia de los títulos y por la sobreabundancia de una literatura de bulto que, ciertamente, me hastía, aunque siempre hay sitio para lo insólito, si es que esto existe.

Lo mejor, en cualquier caso, fue la conversación que mantuve con Eva Díaz Pérez, que acaba de publicar Hijos del Mediodía, un recorrido por las vanguardias sevillanas, caracterizadas por su locura de amor hacia la ciudad-madre que por su adhesión a cualquier tipo de movimiento universalista. Y es que, como hablábamos, ni siquiera Cansino-Assens se libró de esta bendita esclavitud.

Eva se encuentra en un periodo de profusión creativa que le sirvió para parir Memorias de Ceniza, un hermoso libro que desentraña el poco conocido foco protestante del monasterio de San Isidoro del Campo, radicado en la localidad sevillana de Santiponce, muy cerquita de Itálica. El tema nuclear del libro nos sirvió para conectarlo con el famoso El hereje de Delibes, donde se trata con detalle la labor del núcleo protestante castellano y focalizado en Valladolid y, a partir de aquí, abordar el problema de la subversión en periodos históricos caracterizados por una centralidad del poder.

Y es que uno intenta explicarse por qué el protestantismo germinó más en la cerrada Castilla que en el ecléctico Levante y Aragón, más proclives al contacto con nuevas tendencias.

Quizá, la culpa la tuviera el Atlántico y, con él, una nueva concepción del mundo, muy distinto entonces a la distribución de poderes que abordaron, en aquella conocida reunión en los Alcázares sevillanos, un rey subversivo y un filósofo universalista.

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