Ya se sabe, mal de muchos…No, no me refiero a la eliminación de ‘La Roja’, ahora que Argentina o la mismísima Brasil -también a manos (mejor dicho a pie, al pie del Flautista de Hamelin)- han hecho las maletas del Mundial de Alemania y, además, en Cuartos, esa frontera mágica, esa hiperrealidad que nuestra (sic) selección es incapaz de superar… sino a la cuestión nacional de la Vivienda.

Para mí, esto sí es una cuestión de Estado. De hecho, arrebata el privilegio en el orbe de las preocupaciones de la gente al problema del terrorismo.

Pero, hete aquí, misterios de la vida, que nuestro adiós al Mundial no se ha traducido en un franco retroceso del precio de los pisos. De hecho, nada tendría que ver el tocino con la velocidad, salvo en lo que respecta al impacto social de ambos asuntos.

Veamos. La ministra de la Vivienda, doña María Antonia Trujillo, nos ha advertido de que la cosa podría ir peor. De hecho, la cosa fue a peor. De hecho, en el principio de los tiempos fue peor. Pero permítame decirle que, sinceramente, no vislumbro el final soñado, esa arcadia feliz de pisos de 100 metros a 200.000 trompos (pesetas, no eros, claro).

Está claro, la vivienda no es un mercado normal, dicen. Pues si no lo es, que haya más intervencionismo. Del duro y sin anestesia. Ponga el Estado, por decreto, un límite de precios según un baremo de superficie y calidades y santas pascuas.

Como la medida es exrema y no favorece ni a la propia administración, seguiremos asistiendo, perplejos, al espantoso bailoteo de cifras que nos recentan esas sociedades de tasación y registradores aficionados que copan los halls de los hoteles para la representación fúnebre del anuncio del mal a la opinión pública por la vía de lo publicado.

Socialícense, háganse a la idea del galimatías de un mercadeo -ni siquiera mercado ya- donde, a pesar de que la oferta supera la demanda, los precios no bajan. O, al menos no bajan, como deberían. Y, por supuesto, donde una subida, no precisamente magra de los tipos, tampoco se traduce en un atenuamiento de los precios.

No se preocupe, oiga, Podría ser peor. Todo podría ser peor. El fin del mundo -si lo hubiere- podría ser peor. Hasta la ministra nos lo recuerda, mientras Aragonés renueva en el cargo.
¡Que alguien llame a Valle!

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