En los últimos días estamos asistiendo a un nuevo ataque de Israel en la Franja de Gaza. Además de la muerte de civiles, que sigue a los acontecimientos tristes del bombardeo de la playa, el episodio ha llamado la atención por la desproporcionada reacción de Tel-Aviv respecto del secuestro de un joven soldado a manos de milicias palestinas.

Este acontecimiento trasluce varios puntos de interés y muy propicios para una reflexión y un debate pausados. Sé que esta es una cuestión que cansa y que es un capítulo más de un bucle que, no obstante, sí puede tener salidas. Pero un poco a vuela pluma, la situación plantea algunos interrogantes que me gustaría expresar.

La incursión de Israel en Gaza ha conllevado el arresto de personal y hasta ministros de Hamás, que es, no lo olvidemos, el partido (cuando menos formación con varias corrientes internas y muy diverso, no conviene olvidar este aspecto) que sustenta el gobierno de los territorios palestinos, aunque como se sabe, la autoridad máxima reside en la jefatura de pseudo-estado palestino, que se asienta en el presidente de la ANP, Mahmud Abbas. Al mismo tiempo, hay que considerar que Hamás sigue sin reconocer la existencia de Israel como Estado, es decir, niega el principio sionista y, al contrario que Al Fatah, no se conformaría con una vuelta a las fronteras anteriores a 1967.

Con independencia de este núcleo duro del conflicto, la evidencia de la diatriba reside en gran parte en el no reconocimiento mutuo ni de los estados ni de los gobiernos. El sustrato de esta negación pone en crisis la aceptación de la democracia en ambos agentes el conflicto, pues cada gobierno niega sistemáticamente la legitimación de su contrario. A partir de aquí, se plantea la cuestión de la credibilidad justificabilidad y fiabilidad de la democracia, porque conviene inevitablemente preguntarse por la legitimidad de un gobierno democrático que decide unilaterlamente atacar, acabar y eliminar a su par que, recordemos, también ha sido elegido con un respaldo mayoritario de los electores en las urnas.

Es decir ¿cómo puede arrogarse un ejército mandado por un gobierno democrático la capacidad para arrestar, sin más, a representantes de otro gobierno tan legítimamente elegido democráticamente como el atacante? La respuesta a esta pregunta es que la acción de Israel vulnera el suelo básico sobre el que se sustenta el derecho internacional y, no lo olvidemos, el derecho, la independencia de la justicia, es un de los gandes pilares sobre los que pivota la legitimidad del orden democrático.

Para superar esta contradicción, a Israel no le queda más remedio que considerar que el gobierno de Hamás es, por principio y por sistema, un gobierno terrorista. Así, sin más. Un gobierno que se asienta en un colectivo que en el pasado inspiró acciones terroristas contra el Estado y los ciudadanos de Israel, sin cuestionarse cuál fue la respuesta del Estado agredido. Y, sin preguntarse, obviamente, cuáles son los límites territoriales sobre los que el Estado de Israel establecía su soberanía.

Aquí hay varios matices y una amplia escala de grises, puesto que as partes en conflicto pueden tener razón, pero no tiene toda la razón. Puede establecerse un símil con la publicidad: todo lo que dice es verdad, pero no se dice toda la verdad. El primer matiz que hay que tener en cuenta para comprender bien la desproporcionada actitud de Israel en la ocupación con los tanques de Gaza es si ataque está justificado. Cierto es que la respuesta de determinados grupos extremistas en Palestina exigiendo la liberación de los prisioneros de las cárceles de Israel representa un disparate: no es un objetivo realista. No al menos a corto plazo, pues el asunto de los prisioneros está como se sabe, en el fondo de las muchas negociaciones con mediadores internacionales mantenidas por las partes en litigio. Pero la respuesta, insistimos, de Israel a la causa del soldado secuestrado, es a todas luces desprorcionada y queda deslegitimada en un ataque en toda regla al gobierno palestino, incluyendo las reiteradas amenazas no sólo al presidente del ejecutivo, Ismail Haniya, sino al propio Abbas, al que no se le reconoce tampoco legitimidad.
Pocos días antes de este nuevo casus belli y de la incursión en Gaza, Fatah y Hamás habían llegado a un preacuerdo. Muy precario, de acuerdo, pero iniciático y esperanzador en el sentido de que se caminaba hacia una normalización dentro de la ANP y del fin de los desentendimientos entre partidarios de Hamás y Fatah. Asimismo, desde que alcanzó el gobierno, Hamás se ha cuidado muy mucho de reducir a la mínima expresión cualquier ataque de sus elementos más extremistas hacia Israel, y todo ello pese a que el reconocimiento del Estado de Israel aún está lejos, pero todo es alcanzable si las contrapatidas son generosas.

Además, el ataque de los tanques israelitas y el endurecimiento del gabinete Olmert, con la connivencia del otrora más flexible Partido Laborista, coincidió en el tiempo con el calendario de las primeras reuniones en el seno de la ANP. Práctiamente, sucedió a raiz de la primera reunión entre Haniya y Abbas. Y este punto es importante, porque del cónclave no salía sólo una presión a Hamás para que aceptara a Israel, así como un compromiso de Fatah para que contuviera también a sus elementos armados y exigiera contrapartidas, como la liberación de presos y el retrorno de Israel a las fronteras anteriores del 67, sino que lo más relevante que nacería de esta reunión era crear un marco de estabilidad dentro de Palestina que diera fuerza a sus estamentos para exigir reivindicaciones en el exterior.

Es decir, se trataba de llegar a un entendimiento de puertas adentro para hacerse más fuertes, lograr méritos ante la comunidad internacional y realizar progresos dentro de los territorios ocupados para posteriormente exigir su liberación. Básicamente se trataba de que Fatah se dejara de medias tintas y reconociera de una vez los resultados electorales que llevarona a Hamás al gobierno, convencer a los radicales que cualquier ataque, por mínimo que sea, conra Israel va en contra de las aspiraciones de Palestina, hacer un frente común para contrarrestar la crisis financiera de las arcas públicas y trabajar conjuntamente para, administrando las ayudas y con el aval de Gaza tras el desmantelamiento de las colonias, luchar por la pacificación en los territorios controlados por la ANP favoreciendo el desarollo económico de los palestinos en un marco de normalización política y social. Es decir: se trataba de construir un Estado con lo que tenemos para después reconstruirlo con lo que deseamos y con toda la legitimidad del mundo, puesto que estamos haciendo las cosas bien. Una especie de nosostros hemos hecho nuestro trabajo, ahora os toca vosotros, en un claro llamamiento a otras potencias y a la misma Israel, a la que le tocaría demostrar que efectivamente quería un nuevo orden la zona a medio y largo plazo.

Pero en este contexto, la situación, una vez más se torció, muy posiblemente porque había elementos armados, grupúsculos que se niegan por sistema a cualquier concesión y no necesariamente controlados por las estructuras tradicionales palestinas que veía en el consenso palestino un peligro a sus histórias reivindicaciones y a su lema de guerra permanente a Israel, lo que ha tenido, multiplicado por mil, su correspondiente respuesta en el frente israelí. Sólo que aquí la acción armada está propiciada por el Estado y ordenado por un gobierno tan democrático como el que derivó en el ascenso al gobierno de Hamás, ansioso de obtener el plácet de la comunidad internacional y dispuesto a dar los pasos oportunos para ello pero sin tiempo, por el recrudecimiento del conflicto, para lograrlo.

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