Recibí la semana pasada una invitación para participar en un curso sobre ‘yihadismo’ que ha organizado la Universidad Pablo de Olavide de Sevilla. Por motivos básicamente laborales no podré asistir a otras sesiones y ponencias que se extenderán hasta el viernes, pero hoy lunes me escapé y me llegué a Carmona, donde se celebra el curso. Ni que decir tiene que no hay excusas para arse una vuelta por este histórico municipio de la provincia y para disfrutar de su gente, de sus monumentos y de su ambiente. Sencillamente, me encanta tomarme un café en esta ciudad.

Pero hoy, además del café, exquisito por cierto, me llegué al hotel donde se celebraba el curso organizado por la UPO dentro de su programa cultural para los meses de verano. Además, el tema es de máximo interés.

Dicho esto, entremos en materia. El abordaje de una cuestión como es el terrorismo yihadista, la acción violenta de corte salafista, no es, ni mucho menos, fácil. Y, por supuesto, su estudio también está sometido a diversas ideologías, corrientes de pensamiento y a la cosmogonía de quien se adentra en la investigación sobre el tema. Por eso, las aproximaciones al asunto deben valorarse en función de un contexto. Y el que me encontré hoy en Carmona sencillamente me ha defraudado.

Para empezar a analizar una cuestión como ésta representa, a mi juicio, un enfoque equivocado abordar el conflicto como “un choque de civilizaciones”, tal y como lo consideró el primer ponente del curso, Carlos Echevarría. De Carlos, por lo que le he leído he aprendido cosas, pero no me queda más remedio que disentir con él en otras muchas valoraciones.

El caso es que el ponente se dedicó a repasar la ‘presencia’ de núcleos salafistas en el Magreb, otorgando, eso sí, una acertada centralidad a Argelia, pero obviando que el terrorismo yihadista en África no puede entenderse sin estudiar qué está pasando en regiones como el Sahel e incluso otros países del África subsahariana.

Para mí, representa un error de aproximación considerar el yihadismo, sin más, un choque de civilizaciones a la manera huntingtoniana. Una falsa hiótesis que desvirtúa muchas de las tesis que se pretendan exponer sobre el asunto. Máxime si tenemos en cuenta que no asistimos a tal ‘clash’, sino a lo sumoa un choque cultural con corrientes enfrentadas -y esto es importante- en el seno de países muy homogéneos y muy bien caracterizados dese el punto de vista religioso. No creo que se trate de una guerra de religiones que se libra de una manera universal y con bandos bien establecidos. La perspectiva debe ser más compleja.

Otro de los fallos fácilmente detectables en el estudio del yihadismo es la fuerte confianza depositada en la intervención armada, seguida de reforzamientos de medida de seguridad, con el subsiguiente detrimento de las libertades públicas, como medidas necesarias para acabar con el terror “de una vez y para siempre”.

Propuesta que encaja la concepción neoconservadora del mundo: “hay un final preestablecido para el terrorismo” porque “hay un enemigo final al que podemos derrotar” sin que, por supuesto, importen mucho los medios. Y, no menos importante, sin considerar que una regresión de las libertades en pro de la seguridad no deja de ser, en última instancia, una concesión al permanente estado de amenaza que propaga muy bien el terrorismo internacional.

Una cosmogonía, por cierto, que aquí en España encuentra acomodo en FAES -por cierto que Gustavo de Arístegui es uno de los ponentes del curso–o GEES y que suele dominar los cónclaves sobre el yihadismo y que es la que predomina, y lamento mucho decirlo, el curso organizado por la UPO. O mejor dicho, por un determinado departamento que conozco bien.

Por otra parte, domina un error metodológico que cría adeptos y simplifica conceptos y que consiste en confundir un presunto terrorismo yihadista con conflictos que son claramente nacionales o, insistimos, conflictos entre culturas dentro de un mismo territorio. Pensemos, por ejemplo, en los casos de Israel-Palestina (terrorismo nacionalista de un lado y de otro), de las milicias musulmanas en Sudán -el otrora considerado santuario de Ben Laden–, con los janjaweed que golpean no tanto a sus vecinos animistas del sur, sino a sus correlegionarios de la parte septentrional, pero igualmente musulmanes (clásico ejemplo de guerra por los recursos y de corte cultural, en absoluto religiosas, pues el enfrentamiento es, en este caso, entre musulmanes). Por no mencionar, casos tan dispares como el Somalí o el bangladeshi.

Otra de las intoxicaciones frecuentes del discurso neocon es el que apela al doble lenguaje de la democratización. A conveniencia, claro está. Pues el riesgo a que rasquen cuotas de poder políticos grupos islamistas impele a Occidente (sic) a reforzar regímenes autárquicos, desde Marruecos a Arabia Saudí, pasando por Egipto. Lo dicho, doble vara de medir. No tenemos más que recurrir al voltaje “realista” del nuevo documento-guía para las relaciones exteriores aprobado por la Casa Blanca, tras la apuesta por Condi Rice como secretaria de Estado y la progresiva pérdida de peso de gente como Cheney o el mismo Wolfowitz, resituado en el Banco Mundial, para comprobar cómo el dicurso se dirige al fomento de la democracia liberal en el mundo árabe, mientras la experiencia, desde Argelia a Palestina, pasando por Marruecos nos dice otra cosa.

También sería necesario que en un curso sobre yihadismo se profundizara en la particularidad asimétrica del conflicto, lo que añade complejidad a esas soluciones aparentemente fáciles que el pensamiento neoconservador impone sobre este asunto. En este sentido, habría que valorar la incapacidad de los ejércitos, con el paradigma irakí -pero no sólo en Irak- para enfrentarse a los grupúsculos insurgentes. Pensemos en Afganistán, donde hay agricultores que trabajan en el campo por la mañana y ponen un artefacto por la tarde; acordémonos de Nigeria y cómo hay grupos que, en función de determinadas lealtades y del establecimiento de enemigos comunes, protagonizan un terrorismo en red golpeando al mismo tiempo infraestructuras básicas para la población, desde el suministro eléctrico hasta conducciones de agua, centrales energéticas y pozos petrolíferos, por ejemplo. Vamos, toda una externalización del modelo irakí que ni siquiera la muerte de Al Zarqawi ha atenuado. Como, por otra parte, era de esperar y reconoció el mismo Bush.

Y, por supuesto, si queremos estudiar seriamente el terrorismo salafista, debemos empezar por considerar a Al Qaeda no como una red centralizada donde unos pocos dan órdenes y un ejército no identificado de células cometen atentados, sino como una auténtica red distribuida del terror dispuesta a golpear sin que necesariamente le lleguen instrucciones. Es decir, Al Qaeda ya no es ni siquiera una marca o una franquicia. Nadie tiene que dar luz verde desde las lejanas montañas -Aznar dixit– de Afganistán. A ver si van aprendiendo en FAES este matiz, que falta le hacen para no caer en sentencias simplonas y propias de asustaviejas. Es más, quizá los elementos más radicalizados sean más fáciles de encontrar en Londres que en Pakistán.

Y una última nota: la típica asociación entre movimientos antiglobalización-terrorismo por sistema es falsa y muy propia también del discurso neocon, hasta el punto de que afirman de que “En Chiapas o en los territorios del a FARC en Colombia, todo es posible”. De aquí a juntar a batasunos e islamistas sólo hay un paso. Y andado ha sido, por más que se desmonten teorías.

Claro que los terroristas no quieren el progreso ni la libertad (es más lo consideran la gran amenaza a su versión y visión del mundo y un claro obstáculo a sus objetivos), pero quienes abogamos por una visión crítica del asunto no podemos sino rechazar de plano la internacionalización de la libertad por medio de las armas o el pernicioso efecto uniformizador que conlleva la tan manida teoría del Choque de Civilizaciones, pues el mundo no es homógeneo… ni tampoco los terroristas lo son, ni mucho menos las culturas y las religiones.

Quienes subrayan esta concepción plana deberían empezar a buscar soluciones para la población que rechaza, con igual intensidad, a los islamistas y a quienes dicen tener soluciones mágicas – y no menos religiosas- para enfrentarlos. La solución antedicha la exigen, por ejemplo, el 90% de los musulmanes. Hagan, si no, una cuestación en el propio Irak.

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