El terrible atentado de Bombay, la cadena de ataques en Irak entre facciones musulmanas y su precipitación hacia una guerra civil, o la creciente tensión en Oriente Medio, con la última intervención de Hezbollah incluida, revela varias cuestiones de interés sobre las que hemos hablado anteriormente.

1) La caracterización del conflicto. Todas estas crisis ponen de relieve el carácter asimétrico del conflicto, así como la incompetencia de una acción armada propulsada bajo esquemas tradicionales para enfrentar el problema. Lejos de encontrar soluciones, la acción de tropas profesionalizadas con acciones a pie de calle está resultando netamente ineficaz y, por el contrario, contribuyen a aumentar la intensidad del conflicto, que gana tanto en espectacularización de forma directamente proporcional a la ausencia de resultados.

2) La caracterización de los actores. La dificultad para delimitar al “enemigo” impide una adecuada resolución del conflicto. Esto se debe a un error de enfoque que pretende englobar la acción terrorista bajo la caracterización de un conflicto religioso o de civilizaciones. Una perspectiva global del asunto debe centrarse, muy al contrario, en una definición del peso de las culturas, tribus, clanes y bandas que operan dentro de un mismo territorio con bastante grado de homogeneidad religiosa, pero con una increíblemente alta disparidad de objetivos y métodos de acción.

3) La caracterización de los objetivos. La dificultad para desentrañar y definir a los protagonistas y la misma caracterización poliédrica del conflicto implican una diversidad en los objetivos: desde la creación de un Califato hasta simples deseos territoriales, pasando por el control de recursos naturales o la introducción de un determinado sistema de gobierno que choca con las aspiraciones de los agentes locales de la zona en conflicto. Nos encontramos, por tanto, con acciones que obedecen a un fin global que se mezclan con las más sencillas, naturales y recurrentes aspiraciones locales de poder.

4) La caracterización de los medios. Cada vez más el terrorismo es más una red de atentados y acciones terroristas, realizadas en un corto espacio de tiempo, en una zona bien delimitada, con un gran cobro de vidas y, sobre todo, con un impacto que lejos de ser coyuntural, persigue afectar a las (infra)estructuras del poder que se pretende combatir. Y esta acción en red es resultado de la acción de células, grupúsculos y facciones armadas que, para actuar, no necesitan ni de órdenes ni de objetivos necesariamente globales. Y donde, por tanto, importan más los medios que el fin, el cómo que el quiénes.

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