Bush habla en Alemania del renovado conflicto en el Sur del Líbano y lo hace curándose en salud. Muy diplomáticamente, justificando la acción de Israel, pero con reservas. Es decir, planteando que Israel debe actuar en su ‘justa medida’, de modo que el enfrentamiento con Hezboullá no represente un bloqueo del Gobierno de Beirut, aliado de EEUU y que, se supone, ha colaborado en el aborto de un nuevo atentado terrorista en los túneles de Nueva York.

En resumen, que da vía libre al contencioso, mientras no afecte a los interese de EEUU en la zona. Y, en consonancia con esta idea, Bush lanza, junto a Merkel (está cada vez más claro que las posiciones de EEUU se fortalecen en el país germano tras la marcha de Schröder y dada la importancia capital y estratégica de la base militar de Stuttgart) un nuevo alegato de su ideal democrático.

Para Bush, la mejor forma de enfrentar el terrorismo y de ayudar al progreso de los países del Gran Oriente Medio es el establecimiento de una democracia liberal.

Lo malo es que tendrá que explicarnos cómo. Porque, por ahora, el gran dilema al que se enfrenta este ideal, esta loable aspiración, tan indiscutible objetivo es que, o bien,

1) Los procesos democráticos resultan totalmente ineficaces para la reconstrucción del Estado.
2) O, directamente, no se permite la construcción de ese Estado, cuando los resultados electorales no gustan.
3) La democracia no es eficaz en la lucha contra el terrorismo y es totalmente incapaz de neutralizar la amenaza de una guerra civil.
4) Es aceptado un régimen democrático con pocas garantías con tal de apoyar a un aliado.
5) Se legitiman algunos cambios en la fachada democrática, pero en esencia nada cambia.

En resumen, me sigo preguntando como el digno ideal democrático se resuelve sin caer en la paradoja de que represente un ascenso al poder institucionalizado de quienes son considerados los máximos enemigos de los promotores de la democracia.

Hasta donde yo sé, esta contradicción se resuelve con el mantenimiento del status quo.

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