Mucha gente da por hecho que Israel debe basar su legítima defensa en unos buenos ataques. Pero, es el momento de preguntarse si realmente ataques como los que se están produciendo en Líbano llevan consigo un Israel más seguro y más impermeable a hostilidades. La respuesta que da la Historia desde 1948 es que no.

Ayer, Slomo Ben Ami afirmaba en una entrevista televisiva que, en cierto modo, los grandes acuerdos de paz, a la postre fallidos, añadiría yo, se alcanzan después de destacables operaciones bélicas. Pero yo me pregunto, una vez más, si esto es posible en el mundo que nació del 11-S, en el mundo dominado por la doctrina de la Guerra contra el Terror.

Sinceramente, es hora de que Israel se replanteé las cuestiones internamente y reflexione, no sobre su existencia, sino sobre cómo debe comportarse para que su indiscutible existencia no se cuestione. Aquí está la raíz del asunto, la madre del cordero.

No sólo es que el recurso a la intervención armada contra su vecinos árabes haya resultado en la mayor parte de las veces infructuosa, no sólo es que el militarismo se haya convertido en una cuestión social y culturalmente arraigada en Israel y, por tanto, consustancial a Israel cuasi por definición, sino que ha llegado la hora de que la sociedad israelí y, con ella sus políticos, se cuestionen sobre la viabilidad de esta postura en un mundo que, mayoritariamente y, a su pesar, no cree, en lo más profundo, que las acciones de Israel contribuyan a la búsqueda de una paz con visos de persistir.

Lamentablemente, y si la razón de ser de Israel no se cuestiona de verdad y dentro del propio Israel, estamos llamados a inaugurar una era en la que la oposición a Israel no estará encarnada por el mundo árabe tal y como lo conocemos, sino por agentes y grupos que, paradójicamenente, ven en la persistencia de una suerte de guerra eterna su razón de ser.

O Israel hace una llamada definitivamente a la paz y cambia su estrategia errónea o, como ya he comentado antes, estamos abocados a un conflicto permanente que tendrá picos de intensidad conforme facciones enemistadas entre sí y con diferentes cosmogonías, vean en el modus operandi israelí, con el apoyo de EEUU, una suerte de justificación a sus, per se, injustificables actos.

Y es Israel el que tiene que cambiar, no cabe otra. ¿Por qué? Porque, hoy por hoy, se da la paradoja de que Israel comparte un mismo miedo, un mismo enemigo, que es informe, cambiante y difícil de neutralizar, con quienes, en el mundo árabe, y en otros tiempos, protagonizaron enfrentamientos con el propio Israel.

Si para Israel, atacar para defenderse, sin importar los medios, era razón de estado, para otros países del entorno, la razón de estado se encontraba en la eliminación del sionismo. Pero esto ya no es  tan así en gran parte del entorno israelí.

Por eso, aquí se abre una nueva vía que debe explorarse: una nueva etapa de alianzas necesarias.

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