Si hay una palabra que resuena en la esfera de lo publicado, esa es antisemitismo. Lo cierto y verdad es que poco se debate sobre lo semítico. Y realmente, es un concepto que se conoce poco en proporción a las habituales diatribas y querellas que genera.

Realmente, el uso torticero del palabro parece revelar cierto posicionamiento ideológico. De hecho, se ha constituido toda una campaña, a propósito de la guerra del Líbano, para clasificar, en torno a patrones preestablecidos y a circunscripciones ideológicas, a quienes están opinando sobre el asunto.

En fin, parece ser, en cualquier caso, que algunos de los que acusan con saña ciertas opiniones que tildan, así y del tirón, como antisemitas, traslucen una islamofobia difícilmente camufable. Pero, ya digo, no merece la pena enlazar. Que se visualicen ellos como quieran. Una discusión de este tipo me parece un tanto banal. De hecho, las clasificaciones categóricas, las afirmaciones conduntes y las soluciones fáciles pasaron a la historia. Y la historia, historia es. Pero nada más. Máxime cuando la historia se convierte en un obstáculo para afrontar nuevos retos y aprovechar nuevas oportunidades. Realmente, no creo que la historia sea una herramienta válida para resolver conflictos.

En realidad, creo que sí merecería la pena pararse en dos aspectos: Si la estética homogénea de la globalización se acompaña de un ética de la individualización. Y si, paradójicamente, el triunfo de la democracia liberal como praxis política aparejada a la estética de la globalización requiere de nuevas odiseas colonialistas.

Creo que merecería la pena pensar sobre ello. Probablemente, nos sirva para comprender determinadas situaciones.

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