Ahora que dicen que se acaba, empiezo a “sentir la guerra”. Es lo que decía una joven libanesa en un corto reportaje radiofónico que escuché camino de Huelva el pasado sábado. Sentir la guerra, ¿qué significará eso?

Cualquiera que sea su significado, me gustó lo que dijo la chica, principalmente porque “sentir la guerra” vendrá a ser algo así como un quejido profundo, un hondo desasosiego, una tristeza inconmensurable y un llanto casi perpetuo por lo que se ve, lo que se padece, lo que se sufre…por lo que se siente.

Sentir la guerra…ahora que dicen que se acaba. Sentir: el reino de lo subjetivo, la república de la primera persona, del paciente de los hechos.

Sentir la guerra, en contraste con quienes teorizan sobre la guerra. Ese sentir la guerra de esa joven libanesa convierte en basura literaria la pestosa literatura analítica del conflicto. Manda a la mierda toda esa farfulla que habla de estrategias, de invasión, de alianzas, de contrabando armamentístico, de propósitos inconfesados; deja en un plano secundario lo que hemos venido diciendo todos estos días. Nos quita de un plumazo los ropajes que adornaban nuestro conatos de entender lo que sucede, advirtiéndonos sobre la necesidad de sentir los acontecimientos.

Probablemente, la deseperada expresión de la joven libanesa fuera toda una llamada de necesaria sensibilidad para con los que están viviendo la guerra frente a quienes, desde los cuarteles al despacho con aire acondicionado en alguna que otra redacción y Universidad, piden directamente que los marines entren en Irán: es la última fase de su videojuego.

Y una postrera recomendación: How Lebanon recued me, de Alia Malek en Salon.com.

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