La guerra israelo-libanesa se libra en Pakistán. Nos lo cuenta Irfan Husain en Open Democracy. En realidad se trata de un anuncio esperado y con signos manifiestos de fortalecimiento: una alianza de intereses entre musulmanes suniíes y shiíes, así como entre laicos de diversas tendencias contra su propio eje del mal.

Hace poco advertíamos de que la destrucción del Estado por las contadas incursiones terrestres de Israel en Líbano, pero sobre todo por las barbaridades cometidas desde el aire propiciaría la conjunción de un frente en Líbano construido a base de una unión, digamos temporal pero con ciertas bases de solidez, de diversas tendencias muy cercanas al islamismo. Y no ya tanto en socorro de Hezboualláh, como en función de un sentimiento de pertenencia a una comunidad que se justifica sobre la base de un sentido de opresión y agresión con culpables bien identificados. Y es este último aspecto lo que llama a la radicalización.

De hecho, reconocíamos que un Líbano en ruina es un campo propiciatorio para convertirse en terreno de batalla del yihadismo…pero no sólo. No se trata de una lucha identificada tanto con los objetivos Al Qaeda -pese al mensaje interesado de Al Zawahiri- como de la constiitución de un epicentro desde el que proyectar una lucha, entendida paradójicamente como legítima defensa, contra un enemigo que es a la vez sionista, cruzado e imperialista. Por eso, grupos de diversa tendencia y morfología consideran la destrucción de Líbano como el átomo desde donde proyectar un resurgimiento coloreado de cierto nacionalismo como base donde asentar también sus diferentes concepciones religiosas y culturales.

Además este sentimiento de unidad en torno a valores compartidos también tiene una tendencia centípreta que se traduce en protestas hacia dentro. De ahí que la proyección del enemigo que realizan grupúsculos de diferentes tendencias no se sustancie sólo en el eje israelo-americano, sino en una acción de sus propios gobiernos que consideran traicionera para con los propósitos de necesaria y hasta perentoria liberación de lo árabe, de lo musulmán y, en muchos de los casos, de ambas cosas, de sus tradicionales enemigos.

En realidad, se trata de una proyección de las diatribas internas que desde hace años se mantienen entre gobiernos moderados, más o menos democráticos, que son vistos por grandes bolsas poblacionales y aun por estamentos, por ejemplo el judicial, como corruptos y enemigos de los verdaderos intereses y objetivos de la comunidad sobre la que se construye un sentimiento de pertenencia que es acicate para algaradas y hasta la lucha armada alimentadas por un sentimiento de continua frustración que busca responsables.

Por eso, es posible que esta nueva guerra del Líbano -por cierto, ¿quién se acuerda ya de los prisioneros?- se esté librando más allá de las vulnerables fronteras libanesas… desde el Magreb hasta el Sudeste asiático.

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