Uno se alimenta de sensaciones. Sin necesidad de que sean contrastadas empíricamente. Y yo tengo la sensación de que Sevilla en agosto ya no es esa ciudad solitaria, moribunda y machacada por la incesante calor tan furibundamente descrita por propios y extraños. ¡Afortunadamente, me encuentro a gente paseando a eso de las cuatro de la tarde! Y, creedme, no nos miramos mutuamente de arriba a abajo, como examinándonos, como si fuŕeamos a establecer una taxonomía de seres extraños, que comparte un interés común: la búsqueda de una honrosa cafetería donde tomarte un gin tonic post-almuerzo.

Hace poco vi en Informativos Telecinco que en Barcelona, aprovechando que las calles parecían más despejadas (¿seguro?) -tal vez fuera una sensación, en cuyo caso, para ser coherente con lo antedicho, los informadores quedan excusados-, las imprudencias al volante crecían y esperar en un semáforo rojo que antecede a un paso de peatones parecía convertirse en un trámite innnecesario, acaso una futil pérdida de tiempo o una norma estúpida que había que violar en el nombre del padre estrés.

Hombre, no creo que el hecho de colocar unas cuantas cámaras durante una mañana en varios puntos de la ciudad para tomar imágenes de cómo unos tipos se saltan a la torera esos mensajes simbólicos que son las señales de tráfico nos sirva para definir cierta norma de conducta con un determinado grado de convencionalización.

Llegados a este punto, es muy razonable que alguien se pregunte qué relación guarda unos cuantos realitivizadores del verano en Sevilla que se dedican a pasear por pleno Eduardo Dato a las cuatro de la tarde de agosto y la conducta temeraria de unos conductores en Barna hasta el gorro de esperar semáforos.

En realidad no tienen casi ninguna, pero eso no es lo importante. No tanto, por lo menos, como coger el coche, pararte en medio de la avenida, abrir las ventanillas, quitar el contacto, punto muerto y esperar. Rojo, verde, amarillo, rojo, verde. Una guerra de cláxones frente a la que opones la barrera defensiva de Keith Jarrett a todo volumen. Luego llegan las groserías, que dejan paso a  los improperios, inmediatamente convertidos en insultos. Rojo, verde, amarillo, rojo, verde… pero tú sigues ahí, en tu mundo, en tu verano, momentos antes de tirar para el poniente.

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