El reciente episodio bélico en la frontera entre Líbano e Israel se ha saldado con enormes y graves perjuicos, sobre todo para una de las partes del litigio. En realidad, quien ha pagado el precio más alto es un agente que sólo colateralmente tuvo algo que ver con el enfrentamiento: la población civil con un elevado coste en vidas humanas y un protoestado que empezaba a emerger, pero cuya línea de flotación ha sido bombardeada como consecuencia de la decidida destrucción de infraestructuras y servicios básicos.

Cuando se está iniciando el despliegue de una fuerza internacional reforzada y parece que, al fin, hay voluntad en el seno de la comunidad internacional de establecer esfuerzos cooperativos en pro del precario estado libanés, la sensación que te queda es la de que mucha gente ha permanecido impasible a una agresión unilateral que se ha traducido en un gran efecto destructor y con objetivos bien planificados de antemano, para, a posteriori, dejar que otros, unos terceros, se levanten las mangas y se metan en la ardua y larga faena de la reconstrucción, con fondo incluido.

De hecho, te queda esa conocida sensación, ese hálito vacío que recorre el paisaje de una posguerra que sobreviene tras un conflicto en el que, era esperable, no ha habido vencedores, pero sí un vencido claro (la gente) y un afectado al borde del colapso (un país). Bastaría con detenerse en los desiguales efectos que la conflagración ha tenido en cada uno de los bandos de esta historia que nos suena vieja y repetida.

A poco que nos pongamos a pensar, siempre te sobreviene en estos casos la obligada pregunta sobre la necesidad del conflicto. Lejos de toda discusión queda, no obstante, una posible (por descatable) justificación de la guerra, o, cuando menos, de esta guerra. Para empezar, mantengo serias dudas sobre la sinceridad mostrada por Nasrallah en relación a los efectos no bien medidos ni meditados de su acción contra los soldados hebreos, en el que fue el teórico leit motiv de la respuesta de Israel. Por otra parte, tampoco me aventuaría a apoyar sin más cietas conclusiones que describen el bombado de Beirut como un ensayo, urdido por Israel con apoyo estratégico, militar y de inteligencia americana, para un ulterior ataque a las infraestructuas básicas del dearrollo nuclear de Irán. En cualquier caso, resulta curioso ver foros donde se enfatiza con una claridad asombrosa que Irán estaba detrás de la operació bélica de Hezbouallah, más allá incluso del suministro armentístico, al tiempo que rechazan sin contemplaciones que el papel de Israel en todo esto sea el de una avanzadlla obre el terreno de lo que podría ocurir en el futuro en Teherán, una especie de destrucción diseñada en Líbano para materialzar una prueba de ensayo y error con la mirada puesta en Isfahan e incluso Teherán.

De modo que, mientras prosigue el despliegue de fuerzas multifuncionales en el sur libanés, parece ser que apoyado última hora por Siria en lo referente al bloqueo armamentístico de Hezboualá (en cumplimiento de la resolución de la ONU), una conclusión parece sobreponerse sobre otras consideraciones: que el avispero de Irak y las crecientes dificultades en Afganistán eran todo un llamado a la prudencia y no hacían recomendable una intervención armada que se extendió por encima del enemigo que se quería combatir para, al contrario, abrir una nueva falla, por medio del colapso de un Estado, en un Líbano donde, a la postre, el Partido de Dios ha ganado en influencia y en apoyo popular y donde Nasrallah se encarama en lo alto del imaginario, no tanto religioso. como nacionalista en el mundo árabe.

Estas cosas selen pasar cuando el puenteo de la diplomacia se traduce en intervenciones unilaterales y con intereses no del todo confesados.

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