Ahí está el banco. ¿Qué diablos de mecanismos confabulan para que haya alterado el uso que yo hacía de mi banco? ¿Por qué ahora me apetece sentarme ahí, quedamente, aun a pesar del sol -nunca tengo calor- a leer un libro? Sí, precisamente ahí…ahí donde antes te fumabas un petardo con los colegas o le comías la boca a tu novia.

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Pero no. Este ya no es mi banco. No sé que autoridad mandó arreglarlo, no sé en virtud de qué compromiso alguien se ha arrogado el derecho a sustituir el tablero y el respaldo, a quitarle los típicos corazones labrados a fuerza de meter bien la navaja en la madera, la marca de la grasa de la moto del Trola, el spray rojo con SFC 1905 de Cótor…¿quién dijo que había que ponerle esos cuatro hierbajos por lo alto del pasillo del parquecito? ¿quién me indemnizará por este ultraje?

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