“El mismo Mc Carthy y otros congresistas sabían de la mera instrumentalidad del asunto para implantar todo un sistema ideológico basado en valores ultraconservadores y crear una sensación de miedo, dominación y eterna sospecha”.

Así se lo digo en un mail a mi amiga Algarabía a propósito de un trabajo suyo y de sus lecturas. No deja de ser una impresión y me es, con todo, complejo exportar las implicaciones de aquella época, de aquel, digamos, estado de ánimo, al contexto actual de la paranoia antiterrorista que está padeciendo Occidente, sublimada hasta la extenuación, hasta el cansancio, hasta lo kitsch y la ridiculez más rayana con ocasión del quinto aniversario del 11-S.

Sobre todo, porque una rápida mirada cuantitativa, en número, y cualitativa, en frecuencia y objetivos, nos revela que quien más sufre el azote del terrorismo yihadista no es precisamente el rico, democrático y libre Occidente. Y no lo digo sólo por Irak. Ni siquiera por cómo se recrudecen las cosas en Afganistán, desde hace más de un año ya.

“Perseguir tendencias o filias comunistas no era el fin, sino una coartada estupenda para imponer toda suerte de regresiones y retrocesos en los derechos y libertades” , continúo. Y no quiero forzar paralelismos. Todo lo contrario que Bush y su entorno, encargado de reemplazar el disfraz del enemigo comunista por el de islamista. Y, al contrario que en todas las coartadas, aquí no importan los matices. Sólo queda, parece, clara una cosa: que sólo los enemigos de Occidente deben ser considerados como “únicos y verdaderos enemigos”, como dibujando un mundo de bandos bien diferenciados, con una frontera insalvable entre nosotros y ellos.

“Pero tengo un problema: me cuesta saber quiénes son mis enemigos reales. Apenas puedo perfilarlos. Creo que son cambiantes -añado- y no se encuentran a un solo lado del mundo. Cambian los momentos, cambian los escenarios y cambian los protagonistas de un conflicto imposible de asir y de concretar bajo un mero esquema de choque de civilizaciones”.

Lo que sí sé es que vivimos en el reino de la eterna sospecha, como arma de dominio y de hegemonía, apenas y hasta absurdamente contestada, de todo un pensamiento que discurre desde la guerra preventiva al fin de la presunción de la inocencia como basamento de una justicia efectiva. Y cuando el poder no puede ser fiscalizado, la democracia corre un riesgo. Un riesgo serio.

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