Campeón nacional. La expresión encierra forzadamente una polisemia intencionda al albur de posiciones polítcas y debates mediáticos. La energía y la cuestión hegemónica de qué trozo de la tarta no debe liberalizarse en tanto que constituye un eje estratégico. Al rebufo de las escandaleras que producen determinadas decisiones de Evo Morales, quizá haya que contraponer el silencioso vuelco nacionalista en ese gran proveedor que es Argelia. Me llama la atención este artículo del Elcano, más que nada porque constata que mucha prensa, a fueza de ser eregise en azote antipopulista, consigue el efecto contrario al desedo, con tal de jalear a la masa autopropugnada como liberal. Que la hay. La conclusión parece razonable: no importa tanto el qué, ni incluso el cómo, sino el quién. Es el quién lo que propicia que el fuste salga a relucir, lo cual no deja de ser una conscuencia de una política de baja altura basada en el personalismo.

Campeón cristiano. La alusión de Ratzinger al Islam no me sorprenden en un determinado sentido. En el proceso de elaboración de la non-nata Constitución Europea, hubo voces y más de una partidarias de un llamamiento a las raíces cristianas de Europa. Esto es espcialmente intersante. Y puede que peligroso. Porque más que nada vincula cristianismo con democracia, asociando otras confesiones con lo antidemocrático. ¿Propugna una Europa cada vez más conservadora una vuelta a ese ‘suelo’ identitario y común que se contruyó en torno al Cristianismo, dados los problemas encontrados en su construcción como ente político?

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