Oiga, menos da una col. El propósito de intenciones, a la manera de los Diez Mandamientos, del iluminado de Pepiño Blanco, no está del todo mal. Si no fuera, claro, porque constituye todo un problema epistemológico definir eso de los “indicios racionales”. Y es que el giro, el sintagma, resulta de una anticonstitucionalidad manifiesta y de un galimatías, de acuerdo con su esencia, irrealizable. Porque el revelado de Blanco tiene más sombras que claros, al soslayar el necesario fin de compatibilizar lo que el o una suerte de Consejo Supremo entiende por racionalidad de los indicios y el obligado respeto por la presunción de inocencia.

De hecho, si los Diez Mandamientos de Pepiño llegan a ponerse en práctica, cosa que me extrañaría muchísimo, se sucederían a la vez tensas e irrisorias situaciones en las que el alcalde o concejal de turno opondría a la destitución fulminante decretada desde Ferraz su legítimo derecho a esperar una resolución judicial que determine si de verdad tiene mancilladas las manos con el dinero fácil del pelotazo a lo sueco.

Claro que al Decalogo del Decamerón Blanco le falta el endecasílabo. ¿El endecasílabo? Sí, ese que canta y recita tal que así: “El PSOE se compromete a no aceptar fondos para campañas electorales y/o financiación del partido provenientes de empresas promotoras, inmobiliarias o constructoras”. Una afirmación de esta categoría es un imposible: sería ir contra la cuchara. Ni aunque se firmara ante notario, cabría esperar un cumplimiento de estas caacterísticas.

Y, ciertamente, quizá en esto estén de acuerdo, aunque sólo sea por una vez, Acebes y el mismo Blanco.

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