La llegada de Zapatero a Moncloa y una avalancha legislativa vinieron a ser lo mismo. Prácticamente, en los primeros meses de gobierno, comisiones ejecutivas y Cortes Generales trabajaron de lo lindo para ir tejiendo la tela de araña del programa electoral del PSOE, reforma constitucional  casi incluida. Y el de la vertebración territorial, el de la reforma  estautaria, el de la supuesta ruptura de España y el de la negociación con ETA,  eran (son aún) aspectos que vienen a conformar un totum revolutum para la oposición y que provocaron las más sonoras y demagógicas quejas. Y,  claro, luego vino la gran coalición involucionista para tomar la calle por  bandera rojigualda, ora por los matrimonios homosexuales, ora por las teóricas concesiones a ETA por el alto el fuego, ora porque España se  despedazaba a cachitos, ora porque las clases de religión desaparecían, ora porque Alcaraz, Losantos, o el Cardenal de Madrid necesitaban una  justificatoria para su ingente maquinaria burocrático-mediática. Por eso, entre la  eterna sospecha y las conspira-noias del 11-M y la presunta alarma social por  los cayucos, ha hecho bien Arenas en dar cerrojazo a Zaplana y Acebes y  tirar por la vía de enmedio que, a la postre, es la que más le conviene electoralmente. Dame pan y dime tonto, que dicen en el PP andaluz.

 

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