Vinieron allá por el siglo XI del norte de la India. Y hoy día es la minoría transnacional con más presencia en Europa. Pero hace siete siglos, andaban por Persia, antes, claro, de ser reducidos a la esclavitud en la Europa del Este.

La entrada de los turcos en Europa Oriental en el siglo XV acelera las presiones contra ellos en muchos de los estados nacientes del Renacimiento.

Otra oleada migratoria hay que situarla en la segunda mitad del siglo XIX con la abolición de la esclavitud en Moldavia y Valaquia, pero su presencia en distintas zonas de Europa se vio reducida por el Holocausto y el régimen nazi.

El fin de los muros, físicos y simbólicos, del 89 propició otro gran flujo migratorio que se extiende hasta nuestros días. Estaban asentados en Kosovo, en Bosnia, muchos en Rumanía, también en Eslovaquia…

Mientras la UE busca ampliar sus tentáculos financieros en Rumanía y Bulgaria a través de un alto coste social para los países incorporados, sí es partidaria de ese intervencionismo consentido bajo el nombre de “cuotas de trabajadores”.

Parece que la construcción política de Europa pasa por la mimetización de la paranoia y por la plasmación del anatema que se sustancia en el respaldo a la libertad comercial, acompañada, eso sí, de cada vez mayores restricciones al libre movimiento de personas.

Al fin y al cabo esto es el mercado: el juego de la información asimétrica. Todos jugamos, pero sólo unos pocos ganan.

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