José Eburi Palé propone un imposible: algo así como que los embajadores dejen de ser algo más que agentes comerciales y que colaboren con los gobiernos que representan en anteponer juicios morales a la maximización de beneficios. Y que, depaso y como lógica consecuencia, determinen el signo de sus relaciones internacionales en vitud del cumplimiento de sus contrapartes para, un poner, con el respeto de los derechos humanos y el establecimiento de valores democráticos entre sus representados.

Y Eburi lo ejemplifica en su bien conocida Guinea Ecuatorial:

“No parece que ese sea nuestro caso actual respecto a Guinea. Así, me temo que cuando menos resulta poco elegante —por no decir patético— el intento, de Aznar primero y Moratinos después, de recurrir a Guinea a estas alturas para tratar de meter la cuchara en la gran olla del petróleo, que antes de ayer, era simplemente nuestro. En el caso del ministro Moratinos, como solución al problema de los cayucos del Senegal y Malí, tiene la genial idea de dar dinero a sus presidentes, consiguiendo solo salir en los medios y aumentar el problema. Cualquiera entiende que esa no es solución en África; es infinitamente mejor enseñar a pescar, que dar peces al hambriento”.

Lo cierto y verdad es que la empresa que propone tiene un digno tamaño y su realización se antoja utópica, más allá de las extrañas -y de distinto signo- relaciones del actual y del precedente ejecutivo español para con los movimientos opositores a Obiang.

Y, sin salir del continente, resulta tan descorazonador como tremendamente realistas estas predicciones del Economist respecto a Costa de Marfil. Se refiere al cumplimiento de la resolución 1721, que obliga a Laurent Gbagbo hasta octubre del año que viene:

“However, it is far from certain that this new plan will succeed: the Ivorian crisis has resisted numerous agreements, timetables and international mediation efforts since the original peace deal agreed at Marcoussis, France, in January 2003. In part this intractability is due to the tendency of parties to the conflict, in particular Mr Gbagbo and his allies, to re-interpret agreements after they are signed, leading to a proliferation of political, legal and procedural disputes that have undermined almost every attempt to move the peace process forward. This has resulted in a sort of self-perpetuating stalemate”.

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