Escuchar al Pocero y que se te revuelvan las tripas viene a ser una cuestión de simple simultaneidad. Hay que reconocerle a este individuo un gran efecto laxante. Por otra parte, alguien debería estudiar cómo este tipo de personajes son capaces de metamorfosearse para cumplir, a un tiempo, el papel de salvapatrias y el de plañidera nacional. El poso de sus declaraciones, por extraño que parezca, difumina el impacto medioambiental de sus faraónicos proyectos; convierte en olvidables los pasadizos que recorren los maletines hasta surtir efecto en los plenarios de los ayutamientos; hace invisible cualquier duda sobre el futuro de cualquier localidad que verá quintuplicada su población en un récord de tiempo; y, como si de una pócima mágica se tratara, queda que Pocero y cía. son los grandes adalides del empleo, del desarrollo y de la riqueza. Resulta tremendamente misterioso que sobre sus caras y sobre sus obras se acumulen, con toda la virtuosidad del mundo, sentimientos tanto de odio como de compasión. De una extraña pena, que sólo, acaso, sería remediable consagrando un nuevo derecho universal: el derecho a la plusvalía.

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